El padre Claudio recibió sin pestañear aquella rociada de acusaciones y de amenazas.

Estaba acostumbrado a la explosión de las justas iras que provocaban muchas veces las intrigas jesuíticas, así es, que no se conmovió con tales acusaciones, antes al contrario, comenzó a sonreírse con la superioridad benigna del que se ve injustamente atacado y no se ofende por ello.

—¿Es eso cuanto tenía usted que decirme?—preguntó a Alvarez cuando éste finalizó sus acusaciones.

—Sí, señor; eso es cuanto quería decirle, y por su bien le repito que si es usted quien ha obligado a Enriqueta a escribir esa carta, deshaga todo el mal que ha producido, pues de lo contrario podría usted tener más de un disgusto.

El padre Claudio seguía sonriendo, y después de reflexionar algunos minutos, dijo siempre con tono amable:

—Usted debe de tenernos a los jesuítas en muy mal concepto.

—No es muy bueno el que tengo formado de su Orden. ¿Pero a qué viene esa pregunta?

—La hago porque comprendo que únicamente uno que odie mucho a nuestra santa Compañía puede atribuirnos intervenciones oficiosas como esa que usted me achaca. No pretendo sincerarme ni tengo necesidad de ello, pues usted no tiene sobre mí derecho alguno; pero tampoco quiero que esté usted en un error tan lastimoso como ahora. Vamos a ver, ¿qué interés he de tener yo en mezclarme en los asuntos íntimos de la familia de Baselga y con qué fin he de obligar a una joven a escribir esa carta de que usted habla? El porvenir de Enriqueta no me es indiferente, pero tampoco soy su padre para inquietarme tanto por su suerte.

Entonces fué Alvarez quien sonrió con cierta expresión siniestra, y dijo maliciosamente:

—Los individuos de la Compañía de Jesús siempre tienen “interés” por las familias que visitan.