—¿Qué quiere usted decir? Vamos—repuso fríamente el padre Claudio.
—Quiero decir que Enriqueta tiene muchos millones, es inmensamente rica y esto, en ciertas ocasiones, es una desgracia. Tal vez por esto se quiere impedir que ella ame, y su hermana la baronesa la inclina a entrar en un convento, como mil veces me lo ha dicho la misma Enriqueta.
El padre Claudio miró fijamente con aire de lástima al gallardo militar, y después, dijo por toda contestación:
—Indudablemente usted es de los que han leído "El judío errante", del impío Sué.
—Sí, señor; ¿pero a qué viene esa pregunta?
—Y del mismo modo habrá leído otros libros en que se calumnia del modo más infame a nuestra santa Compañía.
—He leído algo de lo mucho que contra ustedes se ha escrito, pero no comprendo el motivo de tales preguntas.
—Las hago, hijo mío, porque me causa compasión el ver que un militar distinguido e ilustrado, como usted parece serlo, cree en las mil paparruchas que viles escritores vendidos a los judíos y los protestantes, han propalado contra la sublime obra de nuestro santo padre San Ignacio.
Y el padre Claudio, al nombrar a su santo patrono, llevóse reverentemente una mano al ala de su sombrero de teja.
Alvarez, en vista del giro que el jesuíta daba a la conversación, no sabía qué decir, pero aquel continuó: