—Lo que yo deseo de usted, ya que muestra interés en protegerme, es que no ponga obstáculos a mis amores. Yo sé el inmenso poder que usted tiene, conozco la gran influencia que ejerce sobre la familia de Enriqueta y estoy convencido de que como usted quisiera, sería yo muy pronto el marido de la mujer que amo. Esto nada le costaría a usted, y yo sería feliz.
El padre Claudio seguía riendo bondadosamente:
—¡Ah, juventud, pícara juventud! Siempre lo mismo: el amor sobreponiéndose a todos los sentimientos. Haré cuanto pueda hijo mío; pero lo que usted pide es tan grande, que no sé si llegaré a realizar sus deseos.
—¡Oh, usted puede mucho!
—No tanto como usted se figura. Si en mí consistiera que Enriqueta y usted se casasen, podía ya darlo por hecho; pero, amigo mío, está ahí el padre, el conde de Baselga, viejo como yo, y, por tanto, testarudo y loco. Es muy difícil, por no decir imposible, que un hombre como él, apegado a las rancias tradiciones, consienta en dar su hija a uno que no es noble.
—Usted tiene sobre él gran ascendiente.
—Sí, hijo mío, excepto cuando nos tiramos los trastos a la cabeza; pero, en fin, el asunto no se perderá por mi culpa, pues haré cuanto pueda.
—Si usted cree que la familia de Enriqueta no ha de hacer caso de sus consejos, al menos logre usted, por su parte, deshacer el efecto de esa carta que a mi novia la obligaron a escribir, y haga lo posible porque se reanuden nuestras relaciones. Comprendo que soy muy exigente y que usted juzgará tal vez degradante esta proposición; pero si usted fuera tan bondadoso que aceptase, le debería mi felicidad.
—Vaya, pues—dijo el jesuíta, siempre en tono jocoso—. Haré ese favor, aunque el papel que usted me encarga desempeñe no sea muy honroso. Se ha de transigir algo con la juventud, siempre exigente cuando está enamorada. Aconsejaré a Enriqueta que no se deje imponer por nadie y que cumpla lo que le dicte su voluntad. Si tiene verdadera vocación, será monja; y si aquélla es una ficción de su hermana doña Fernanda, entonces tenga usted la seguridad de que ella misma desmentirá esa carta y reanudará el interrumpido galanteo. ¿Está usted contento?
Alvarez, por toda contestación, tendió una mano al jesuíta, que éste estrechó con efusión; pero al mismo tiempo su sonrisa tomó una expresión sarcástica, de la que no pudo apercibirse el militar.