Retuvo el padre Claudio la mano del capitán, apretándola cariñosamente como para infundirle confianza, y pasado algún rato, le preguntó con tierna solicitud, mirando fijamente sus ojos, como si pretendiese sondear sus pensamientos:

—¿Y cómo está usted en su carrera? ¿Tiene usted esperanzas de ascender? Me parece usted un militar de mérito.

—Yo—contestó con sencillez Alvarez—soy uno de esos predestinados a encontrar siempre de espaldas a la fortuna.

—Sin embargo, para su edad no puede usted quejarse. Es capitán y tiene la cruz de los valientes...

—Algo me costó ganarme todo esto, y haciendo lo que yo, otros serían coroneles. Además, soy de los que únicamente se abren paso en tiempo de guerra a costa de grandes servicios; pero en la paz es imposible que logre ser favorecido, ni menos que se me haga justicia.

—¿No tiene usted protectores?

—No; ni los busco. Soy demasiado altivo para mendigar lo que, en mi concepto, sólo puede alcanzarse honradamente con la punta de la espada.

—¿No conoce usted ningún poderoso? ¿No es amigo de ningún general?

—Uno solo conozco, pero éste es imposible que me favorezca, pues su recomendación causaría mal efecto en el Ministerio.

—¿Quién es? ¿Puedo saberlo?