—Además, los armará usted convenientemente. Puede usted comprar cincuenta carabinas de repetición, de esas que han inventado recientemente los yanquis. Las tiene almacenadas aquí, y ya le comunicaré yo desde Gibraltar la forma más adecuada para remitírmelas, introduciéndolas sin riesgo en la plaza. Todo esto resultará tal vez un poco caro, señor conde.
—¡Bah!—repuso éste con ademanes de desprecio—. ¿Quién repara en dinero cuando se trata de una empresa tan grande y que redunda en beneficio de la Patria?
—Muy bien dicho, amigo Baselga—dijo el padre Claudio con entusiasmo—. Y, además, si el dinero faltase, aquí estoy yo, o, más bien dicho, aquí está la Orden, que, aunque pobre, contribuirá cuanto pueda a tan santa empresa.
El conde dirigió una mirada de gratitud al jesuíta.
La conversación entre los tres hombres se generalizó, y pasaron más de una hora ocupados en examinar el plan de conquista, apreciándolo hasta en sus menores detalles.
El capitán O’Conell lo aprobaba todo con entusiasmo, y mostraba a Baselga una confianza sólo comparable con la que un granadero de la célebre Guardia Imperial pudiera sentir por Napoleón.
Esto ensorberbecía al conde y atizaba aquella exaltación nerviosa de que era víctima siempre que examinaba su plan patriótico.
Sólo el padre Claudio le hacía objeciones y le oponía algunos reparos, siendo de éstos el que más molestaba al conde el empeño del jesuíta en asociar otras personas a la empresa.
—Me extraña mucho, padre Claudio—decía Baselga—, que una persona tan culta y prudente como lo es usted, se empeñe en mezclar en este asunto más personas. Recuerde usted el antiguo refrán: "Secreto de dos, lo guarda Dios". Aquí somos más de dos, y bastante es con que conozcan el plan usted, el señor O’Conell y Joaquinito Quirós. ¿Aún quiere usted que lo conozca más gente? Piense usted que de este modo el secreto puede desaparecer, y entonces, adiós las probabilidades de éxito, pues si los ingleses llegan a apercibirse de nuestros intentos, nada podrá hacerse.
A pesar de estas razones el jesuíta no se daba por vencido, y alegaba otras para demostrar la necesidad de asociar ciertas personas a la empresa.