—Desengáñese usted, señor conde—decía con expresión de superioridad—; es preciso que personas respetables, de mi mayor confianza, entren también en la aventura. Para esta clase de negocios, por muchos que seamos, nunca resultaremos bastantes. No todo ha de ser combatir y conquistar. Una vez sea usted dueño de Gibraltar, conviene que forme una Junta, o lo que hoy se llama, en lenguaje revolucionario, un Comité de patriotas, que gobierne la plaza, que entienda de todos los asuntos puramente políticos y que negocie con el Gobierno español, para que éste no tema a Inglaterra y quiera admitir el regalo que le haremos. Además, es necesario mover la opinión pública en favor nuestro, para que no se asuste ante tan estupenda conquista, que podrá traer consecuencias internacionales, y esto lo ha de hacer el tal Comité, pues usted y O’Conell no han de estar en todas partes ni ocuparse de todos los asuntos, pues bastante harán con llevar adelante la cuestión militar.

El conde, después de alguna resistencia, se rindió a las razones de su amigo, y accedió a la formación del Comité, del que sería él mismo el presidente, y el vicepresidente un médico afamado y gran patriota, amigo del padre Claudio.

Después de quedar acordes en todos los puntos, el jesuíta se levantó para retirarse, y Baselga y O’Conell se abrazaron con una efusión conmovedora. El capitán irlandés saldría aquella misma noche para Andalucía, antes que nadie pudiera apercibirse de su estancia en Madrid.

Ya no podrían verse hasta el día del golpe; pero él, por conducto del padre Claudio, le tendría al corriente de cuanto ocurriese y le avisaría la fecha en que debía llegar con sus hombres a las cercanías de Gibraltar.

El jesuíta se negó a que el conde les acompañara hasta la puerta de la escalera, y al pasar por la antesala y ver al ayuda de cámara del conde, que le saludaba reverente, dijo con afectación a su acompañante:

—Pocas horas le quedan a usted, "señor doctor", para sus asuntos, si es que quiere coger el tren de esta noche.

El criado se fijó con curiosidad en el "señor doctor", y el jesuíta, con un ligero gesto, pareció indicar que esto era lo que deseaba.

Ya estaba el padre Claudio en la escalera, cuando volvió atrás, y con aire distraído preguntó al criado:

—¿Me has dicho antes que la señora baronesa había salido?

—Sí, reverendo padre. Creo que hoy tiene reunión de cofradía en San José.