—Lo siento; quería presentarle al doctor O’Conell, ese sabio irlandés que viene conmigo.
El criado creyó de su deber hacer una profunda reverencia a aquel sabio, que le volvía las espaldas y bajaba la escalera canturreando.
En la puerta del palacio esperaba una elegante berlina, y a ella subieron los dos hombres.
Cuando el coche partió, el capitán O’Conell lanzó una carcajada sonora, que hizo temblar los vidrios de las ventanillas, y dijo a su acompañante:
—¿Eh? ¿Qué tal, reverendo padre? ¿Soy buen actor? ¿Sé desempeñar bien una farsa? De seguro que vuestra reverencia no esperaba tanto de mí.
—Has estado bien, Daniel Clark, y no desmientes que eres hijo del viejo James Clark, que en su tiendecita de Gibraltar se ha acreditado como el más astuto truhán que compra, cambia y presta a todo el mundo. Tenías un aire completo de militar inglés, y nadie hubiese dicho que te has pasado la vida regateando con los judíos del Peñón, prestando al doscientos por ciento o embarcando contrabando.
—¡Oh! Para fingir me reconozco con algunas facultades; puedo asegurarlo, aunque falte con ello a mi natural modestia.
—Ahora, truhán, lo que debes hacer es salir esta misma noche de Madrid. Vete a Gibraltar, o al infierno; lo importante es que aquí nadie se pueda fijar en ti. En ciertos negocios tiene más mérito que el trabajo el saber desaparecer a tiempo.
—Me iré; perded cuidado. El valiente capitán O’Conell toma el petate, o, si os parece mejor, el señor doctor se va. Y, a propósito, una pregunta, reverendo padre: ¿qué es eso de señor doctor?
El padre Claudio contempló el gesto de malicia con que su compañero le hacía esta pregunta, y fríamente, subrayando sus palabras con aquella sonrisa especial, tan temida por algunos, le dijo: