—Señor Clark, hay cosas que muchas veces producen al que las sabe terribles daños; por tanto, hará usted muy bien en no querer averiguar el por qué le haya yo llamado así o de otro modo. He dicho "señor doctor" porque me ha dado la gana. Ya está usted contestado; ahora, cada uno a sus negocios.
XXI
La confesión.
La Colegiata de San Isidro, a las cinco de la tarde, ofrecía el aspecto sombrío, frío y desnudo que presenta toda iglesia a la hora en que los fieles no llenan sus naves y los santos quedan en esa soledad absoluta y vacía, semejante a la de los muertos en olvidado cementerio.
No había bajo las sombrías bóvedas del templo otros vestigios de la vida exterior que los hilillos del mortecino sol, que, filtrándose por las altas y pintadas ventanas, trazaban en la pared frontera algunas tibias manchas de luz, y el zumbido que la calle de Toledo, arteria popular, siempre rebosante en vida y movimiento, lanzaba al interior del desierto templo.
En las sombras que envolvían el altar mayor y en la obscuridad de las capillas laterales, brillaban algunos cirios y lámparas, con la misma luz indecisa y tímida de las estrellas entre los nubarrones de una noche tempestuosa, y de vez en cuando, el suelo conmovíase, repercutiendo con agigantada vibración la pisada del sacristán y los acólitos, que iban de un lugar a otro, ocupados en faenas de embellecimiento y aseo.
Golpes sordos sonaban en las capillas, anunciando la “toilette” de los santos, que los dependientes de la iglesia hacían con sus zorros, sacudiendo el polvo a los mantos bordados y a las cabezas de cartón piedra, que a la mañana siguiente, rodeados de cirios y de flores, habían de recibir la oración de los fieles, arrodillados reverentemente ante ellos.
Las gastadas baldosas exhalaban perniciosa humedad donde no estaban cubiertas por una áspera estera de esparto, mugrienta y gastada por el roce continuo de pies y rodillas, y en el ambiente se respiraba ese calor pegajoso y caliente propio de los locales donde muchos respiran y es escasa la ventilación.
Sentadas en taburetes de tijera estaban cerca del altar mayor unas cuantas viejas que permanecían inmóviles, confundiendo sus perfiles en la sombra, y con todo el misterio y el aspecto tenebroso de las brujas que aguardaban a Mácbeth al borde del camino.
Cada vez que la cancela de la gran puerta se abría, anunciándolo el chirrido de sus viejos goznes y el sordo chocar de las maderas, las viejas volvían la cabeza con curiosidad, y una vez se borraba la mancha de luz que dejaba entrar la puerta entreabierta, volvían a su inmovilidad de momias y seguían en sus asientos, convencidas de que ya que nada tenían que hacer, era mejor permanecer en el templo, que ya consideraban como su propia casa.