Oyóse el ruido de un carruaje, que paró a la puerta de la iglesia y esta vez la curiosidad de las beatas fué mayor.

Abrióse la cancela y entraron dos señoras, vestidas de negro y con mantilla.

Las viejas pudieron ver bien a aquellas dos elegantes, que se persignaban en el espacio de luz que dejaba entrar la puerta, todavía abierta; pero no las conocieron.

No era extraño, pues la baronesa de Carrillo y su hermana Enriqueta visitaban muy de tarde en tarde la iglesia de San Isidro, a la que no tenían gran afición por estar enclavada en un barrio popular y ruidoso.

En cambio, el padre Claudio la tenía gran cariño; llamábale su templo, y a él hacía ir a cuantas amigas merecían el alto honor de que él las oyera en confesión. La Colegiata de San Isidro la consideraba él como una finca propia, y relataba a los allegados que le pedían el motivo de tal predilección, cómo uno de sus antecesores en la dirección de la Compañía en España, la había construido en 1561 con los legados que para tal objeto dejó la Emperatriz de Alemania doña María.

Buscando, pues, al padre Claudio iban las dos señoras a tal iglesia, y cuando se vieron envueltas por completo en las tinieblas esparcidas por las naves, sus ojos, acostumbrados a la luz del sol que bañaba las calles, no pudieron distinguir lo que les rodeaba.

Enriqueta se asió a la falda de su hermana, y ésta fué avanzando con cierta seguridad, dando a entender que el terreno no le era del todo desconocido.

—A la derecha—murmuraba la baronesa—, en la penúltima capilla, está el confesonario. Allí vendrá.

Y acostumbrada a aquella oscuridad en la que se iban marcando los perfiles de los objetos, avanzó rectamente hacia el punto que indicaba, llevando siempre a remolque a su hermana.

Cuando llegaron a la capilla sentáronse en un banco de madera, que ceñía el fuste de una columna, y aguardaron pacientemente. La baronesa sacó de su manguito un elegante rosario de oro y perlas, y se puso a rezar. Enriqueta abismóse en sus pensamientos.