Iba a confesarse con el padre Claudio, accediendo a los ruegos de la baronesa, que ya no la maltrataba, como dos meses antes, contentándose ahora con rogarle con aire imperativo.
Doña Fernanda, que respetaba mucho a su padre, el conde, sólo porque le temía, se había abstenido de seguir educando a su modo a Enriqueta, y procuraba no hablar ni incidentalmente de aquella pasión, cuyo descubrimiento tan grave escándalo había producido.
La ausencia de Tomasa, su eterna rival, la tranquilizaba, comprendiendo que esto alejaba el peligro de que volvieran a reanudarse los amoríos de su hermana con aquel capitán Alvarez, contra el que ella sentía un odio mortal.
La afición que el conde de Baselga había adquirido recientemente a la vida de los salones, y a la que arrastraba a su hija, inquietaba un poco a la baronesa, que temía que la coquetería elegante borrase a Enriqueta las huellas de la educación mística que se había esforzado en darla.
Una cosa tranquilizaba a doña Fernanda, y era la seguridad de que su hermana, obedeciendo a su padre, había roto sus relaciones con el capitán Alvarez. Esto lo sabía por el padre Claudio, que la había manifestado algo de su conferencia con el militar, aunque cuidándose de ocultar ciertos detalles.
Enriqueta era para ella más fácil de dominar olvidando aquel amor que cambiaba completamente su carácter y convertía en altivez e independencia su habitual humildad.
Un día tuvo doña Fernanda un disgusto. Al pasar junto a una ventana de su salón, vió parado en la acera de enfrente al capitán Alvarez, que espiaba la casa como buscando una ocasión para comunicarse con su amada.
El militar estaba en una situación que juzgaba insostenible. Nada sabía de Enriqueta; había buscado al padre Claudio varias veces, sin lograr nunca encontrarlo, e ignoraba cómo marchaba la negociación amorosa que le había encargado, como también si la joven sentía por él algún cariño o había olvidado totalmente su pasión, siendo verdad cuanto le decía en la funesta carta.
Por esto, agitado por crueles dudas y deseoso de salir de ellas cuanto antes, el capitán rondaba la casa de Baselga con la esperanza de encontrar el medio de hacer que llegase una carta suya a Enriqueta. Por desgracia, tropezaba con obstáculos do quiera se dirigía. La servidumbre huía de él, haciéndose sorda a sus ruegos por temor a la ira del conde de Baselga, y Enriqueta no se asomaba nunca a los balcones, y si salía de casa, era acompañada siempre por su hermana o su padre.
La baronesa se alarmó ante aquella inesperada aparición. ¡Cómo! ¿El botarate todavía insistía en sus pretensiones amorosas? Habría que consultar el asunto con el sabio jesuíta.