Este no mostró extrañeza alguna al tener noticia de los actos de Alvarez. Limitóse a sonreir, como siempre, y con tono de omnipotencia aseguró que él tenía el medio para anular y hacer desaparecer a aquel hombre peligroso; y que si no lo hacía inmediatamente, era porque aún no había llegado la hora oportuna.
A pesar de esto, los dos compadres religiosos trataron con interés del porvenir de Enriqueta, asunto que les preocupaba. Había llegado, según la opinión del padre Claudio, el instante oportuno para trabajar. Enriqueta era probable que, deslumbrada por el brillo de la vida elegante, se hubiese olvidado de aquel amor romántico, obstáculo hasta entonces de gran importancia, y resultaba necesario reconquistar prontamente su voluntad, antes que echasen raíces en ellas las seducciones del gran mundo y se comprometiese amorosamente con algún joven que, por su nacimiento y su fortuna, admitiese el conde de Baselga como yerno.
Para desviar a Enriqueta del camino en que estaba y atraerla nuevamente a la senda de la devoción, disponía de un medio tan seguro y poderoso como es el confesonario, y quedó decidido que doña Fernanda, con su hermana, fuesen al día siguiente a la Colegiata de San Isidro, donde el buen padre tenía su cajón, en que depositaban sus extravíos todas las pecadoras de la aristocracia.
Por esto, a la caída de la tarde del día siguiente, las dos hijas del conde de Baselga entraban en la iglesia de la calle de Toledo.
El padre Claudio no había llegado aún, y mientras se retardaba el instante de la confesión, Enriqueta pensaba con terror en aquel acto en que tendría que revelar todos sus secretos a un sacerdote, que a pesar de sus amables sonrisas y pegajosas bondades, le inspiraba siempre un terror casi supersticioso.
Era la primera vez que se confesaba con el padre Claudio. Hasta entonces, el sagrado depositario de todas sus faltas había sido el mismo director espiritual de la baronesa, aquel padre Felipe, en quien ella reconocía instintivamente una imbecilidad inalterable, y que oía su confesión con la boca seca, brillantes los ojos, algo temblonas las manos, y complaciéndose en enviar a través de la mugrienta rejilla hasta aquel rostro aterciopelado, su caliente resuello cargado de los vapores grasientos de una digestión larga y difícil.
El padre Felipe era benévolo hasta la exageración. Todo lo encontraba bien, todo lo excusaba, y si la joven parecía reservarse algo en su confesión, él tampoco mostraba gran interés en descubrirlo.
Pero, ¡el padre Claudio!... Este nombre alarmaba a Enriqueta, quien, si en aquellos momentos de espera estaba pensativa, era porque rebuscaba en su imaginación el medio de salir del atolladero, evitando decir cosas que ella tenía gran interés en ocultar.
Resonó débilmente el pavimento con unos pasos menudos y ligeros, que parecían de mujer y en el oscuro arco que daba entrada a la capilla, dibujóse el contorno de un clérigo, al mismo tiempo que la mortecina luz de una lámpara hacía surgir de la sombra el rostro del padre Claudio, dándole un tinte rojo.
Las dos mujeres se levantaron respetuosamente, y el jesuíta pasó ante ellas grave, contra su costumbre, limitándose a saludarlas con una ceremoniosa inclinación de cabeza.