El acto comenzaba con la gravedad necesaria para que la joven comprendiese que no iba a confesarla el amigo de su familia, que iba con frecuencia a reir y decir bromitas en el salón de doña Fernanda, sino el ministro de Dios.

Oyóse el choque seco de la portezuela del confesonario al cerrarse, revolvióse la abultada sotana, para encontrar una posición cómoda en el asiento, y la baronesa dió un suave empujón a su hermana, diciendo con tono imperativo:

—¡Anda!

Se arrodilló Enriqueta a uno de los lados del confesonario, junto a la rejilla que servía para confesar mujeres, y con voz trémula y balbuciente comenzó a runrunear el "Yo, pecador, me confieso...".

Tan turbada estaba, que se equivocó por dos veces, y volvió a empezar, como si deseara que se retardase el para ella terrible momento.

Dentro del confesonario, con las manos juntas y la actitud estática de un brahmán indio, que, tras cuarenta días de ayuno absoluto contempla a Dios cara a cara, estaba el padre Claudio, esperando pacientemente.

Por fin terminó la joven su oración y acercó su rostro a la rejilla, pegajosa por la humedad y la grasa que en ella habían dejado toda clase de respiraciones.

Lo que pensaba Enriqueta al comenzar su confesión era que el padre Claudio se perfumaba demasiado, pues su olfato sentía la picazón del almizcle que exhalaba la sotana del elegante jesuíta. El perfume favorito de las modistillas y camareras comenzaba a marearla.

—¡Ave María Purísima!—dijo con voz débil.

—¡Sin pecado es concebida María Santísima!—contestó el jesuíta con su meliflua voz—. ¿Hace mucho tiempo que no te has confesado?