—Más de dos meses, padre mío. Antes iba muy a menudo con Fernanda a confesarme con el padre Felipe, pero ahora he tenido ocupaciones y no me ha sido posible venir hasta hoy. El papá me decía siempre que más adelante me confesaría...
—¡Vaya con las ocupaciones!—dijo el jesuíta con tono jovial—. Es preciso—añadió—que no te descuides tanto en limpiar tu alma, y que antes de obedecer a tu papá, pienses en obedecer a Dios. Vamos, adelante. ¿De qué pecados te acusas, hija mía?
Puesto el asunto en este terreno, Enriqueta cobró un poco de confianza. Ya llevaba ella preparado todo un bagaje de pecados veniales y sin importancia, que había estado rebuscando en su memoria la noche anterior. Para confesarse era preciso decir algo, tener actos de que acusarse, pues la Iglesia no puede creer que una persona honrada pase dos meses sin faltar a todas las leyes divinas y humanas, y por esto, la joven se echó a cazar pecados por el campo de la imaginación, y unos reales y otros inventados, formó con todos ellos un murallón diabólico, tras el cual quería ocultar el más gordo, o sea sus amores con Esteban Alvarez. Este pecado sí que no lo decía ella al padre Claudio, aunque los demonios la pellizcasen con tenazas de hierro ardiente.
La confesión comenzó, y Enriqueta fué desarrollando la espantosa serie de pecados horribles que la noche anterior había almacenado en su memoria. Ella se acusaba de que tenía mal corazón para los animales y de que martirizaba a los gatos de su casa; de que reñía muchas veces sin motivo alguno a los criados y tenía gusto en desobedecer a su hermana; de que cuando ésta rezaba el rosario ella se dormía o pensaba en las funciones de teatro a que le llevaba su padre; de que el demonio la martirizaba, haciéndola que le gustasen más las arias italianas del Teatro Real que los gozos que la enseñaba la baronesa; de que en el último baile de la Embajada alemana, en unión de algunas amiguitas, se había burlado de otra que llevaba un traje muy feo; de que en las noches frías prefería rezar sus oraciones entre las calientes sábanas a estar arrodillada al pie de la cama..., y así seguía a este tenor horripilante aquella confesión en que los hechos más inocentes se presentan con importancia afectada, queriendo hacerlos pasar por pecados terribles.
El padre Claudio escuchaba tranquilamente, aunque de vez en cuando se removía nerviosamente en su asiento, como si se impacientara, en vista de la marcha que seguía aquella confesión. La muchacha resultaba algo ladina, y así lo pensaba el jesuíta, quien quería comprometerla en otra clase de revelaciones.
Calló Enriqueta y entonces preguntó el sacerdote:
—¿Nada te queda por decir? ¿No tienes más pecados?
—No, padre.
—¿Estás segura de ello?
—Creo que sí, padre mío.