El padre Claudio se revolvió vivamente en su asiento. Decididamente, la muchacha se presentaba reservada, y habría que emplear algún trabajo para lograr que confesase sus secretos amorosos.
—Piensa, hija mía—dijo el cura—a lo mucho que te expones si ocultas un pecado. Dios, que no quiere la muerte del pecador, sino que viva y se arrepienta, es inexorable con los seres que ante el tribunal de la confesión ocultan intencionadamente algunas de sus faltas. Este lugar es la piscina espiritual donde se limpian las almas de toda mancha, y quien aquí oculta una parte de su ser por mezquinas pasiones, es un réprobo que se niega a recibir la gracia de Dios, y a quien éste castiga con mano fuerte. El que oculta algo a su confesor, engaña a Dios, y el Señor ha de indignarse forzosamente cuando se ve engañado por una miserable criatura.
El jesuíta hablaba con tono severo; vibraba su voz terriblemente, como si fuese la de la divina cólera, y Enriqueta temblaba atemorizada por las amenazas del confesor.
Este no quiso extremar el santo terror de la joven y añadió, haciendo su voz menos imponente:
—Hay ejemplos de los graves males que han sufrido muchos infelices que pretendieron ocultar a sus confesores algunos de sus pecados. Recuerdo justamente ahora lo que leí en un libro piadoso digno del mayor crédito, acerca de lo ocurrido a una joven y hermosa princesa en tiempos ya lejanos. Ocultó a su director espiritual varios pecados de amor, y el sacerdote, engañado por la que creía una joven candorosa e inocente, le dió la absolución. ¡Ojalá la princesa hubiese dicho todos sus pecados sin ocultar ninguno! Apenas volvió a su palacio, sintió su pecho oprimido por una gran angustia; un fuego infernal le abrasaba el corazón y por su garganta sentía subir algo que la ahogaba y la hacía estremecer con su contacto viscoso. Tuvo una espantosa convulsión y de su boca salieron disparadas esparciéndose por el aire e impregnándolo todo de un irresistible olor a azufre, las más infernales apariciones. Serpientes verdes y repugnantes que se enroscaban en complicados anillos, echando llamas por las temblonas bocas; diablejos que hacían espantosas contorsiones y obscenas cabriolas; sapos negros manchados de colorado, que hacían repicar las campanillas que llevaban pendientes del cuello y cuyo sonido ponía los pelos de punta; en fin, cuantas apariciones espantables y horripilantes pueden creerse en el infierno. ¿Sabes, hija mía, lo que era aquéllo?
El padre Claudio se detuvo para excitar mejor la temerosa curiosidad de Enriqueta y apreciar el efecto que en ésta causaba la relación. Después añadió con acento de religioso terror:
—Pues eran los pecados que aquella infeliz había ocultado a su confesor y que salían bajo tan horribles formas, por no poder estar más tiempo encerrados en un cuerpo que la absolución había santificado. Los pecados; al salir, ahogaron a la princesa, cuya alma indudablemente, está ahora ardiendo en el infierno. Piensa, hija mía, a cuan terribles castigos se expone la miserable criatura que intenta ocultar su conciencia a Dios.
El padre Claudio había logrado su objeto. Conocía el verdadero carácter de Enriqueta, el gran predominio que en ella tema la imaginación sobre las demas facultades, y, por tanto, obraba acertadamente para sus planes, relatando aquella leyenda estupida, sacada de uno de esos antiguos libros de devoción, que tanto utilizan los confesores para asustar a las mujeres y los niños.
Enriqueta estaba horrorizada por la terrible muerte de aquella princesa, y con los ojos de su viva imaginación, pronta siempre a dar cuerpo y vida a todos los pensamientos, veía el asqueroso coleo y las cabriolas incesantes de los pecados ocultados al confesor, y hasta por una aberración de los sentidos, las exhalaciones almizcladas del jesuíta le parecían oler a azufre.
¿Si iría a ahogarla a ella aquel pecado de amor, que tan cuidadosamente quería ocultar?