No necesitó el jesuíta de grandes esfuerzos para arrancar a la joven la revelación que ella tanto se había esforzado en evadir. Llorosa y suspirando, pero al mismo tiempo con la satisfacción del que, arrojando un peso comprometedor, se libra de un peligro, relató al confesor sus amores con Alvarez, aunque haciendo la salvedad de que ella creía siempre que aquello no podía ser pecado.
El padre Claudio mostraba indignación. ¿Cómo que no era pecado? Y no venial, sino grave, resultaba el comprometerse en amoríos una joven a quien su familia destinaba a Dios, convencida de que sentía una santa vocación por la vida monástica.
El jesuíta, oyendo el relato de aquellos amores, mostraba gran curiosidad, especialmente al tratarse de los paseos matutinos por el Retiro, únicos momentos en que los dos amantes se veían de cerca. Mostrabase el jesuíta ávido de detalles y varias veces interrumpió a la joven, dirigiéndola preguntas que en parte no comprendió, pero que la hicieron ruborizar.
Era la primera vez que Enriqueta oía hablar de aquellas tretas amorosas, pero obscenas, y, avergonzada, contestaba negativamente, extrañándose de que un sacerdote le hiciera tales preguntas, y de que creyera a ella y a Alvarez capaces de tales locuras, burlando la vigilancia de Tomasa, que los seguía.
El buen padre manifestó la misma expresión de desaliento del cazador que cree haber encontrado un rastro y al fin no halla nada, y siguió interrogando a la joven, hasta que se creyó bastante enterado de aquellos amores desde el principio al fin.
—Ese es, hija mía—dijo, cuando la joven terminó la revelación—, el más grave pecado, pues los demás que has confesado nada son al lado de tales amores. Afortunadamente has acudido a tiempo a lavar tu alma y a librarte del demonio de la voluptuosidad, que te posee.
—Pero, padre mío, ¡si ya no existen tales amores! ¡Si yo, por orden de papá, escribí una carta rompiendo mis relaciones con el capitán!
—No importa; tú le amas. Se conoce en tu modo de expresarte que no has olvidado aún a ese hombre, y es preciso, si quieres salvar tu alma, que de ella se borre la huella de un amor vergonzoso.
Enriqueta, que tanto había temido revelar sus amores al jesuíta, ahora que se veía ya descubierta había recobrado su serenidad y sentía renacer su carácter, que era doble, pues si en ciertas circunstancias se mostraba débil, y como propio de un ser automático, en otras daba a conocer una energía y una independencia verdaderamente inesperada.
—Pero padre—dijo con resolución—, ¡yo creía que un amor puro no era tan enorme pecado!