—Estás en un grave error, hija mía, y sin duda, el diablo te mantiene en él. La joven que no sienta temor al pensar en las penas del infierno, la que no quiera ir al cielo, esa puede entregarse a ese amor puramente terrenal, que no es, en el fondo, más que una torpe pasión; pero la que desee figurar después de su muerte entre las bienaventuradas y gozar las delicias celestes, debe huir de las falsas dichas terrenales dedicándose al único amor cierto, al que no engaña, a ese amor ardiente a Dios, que tan célebre hizo a Santa Teresa. En una palabra: dónde quieres ir tú después de la muerte, ¿al cielo o al infierno?

No había perdido el tiempo la baronesa educando a su hermana. La gran preponderancia que en ésta tenía la imaginación, convertíala en ciertos momentos en una visionaria; la continua lectura de leyendas piadosas, le había hecho formarse un horrible y exacto concepto del diablo y sus maléficas hazañas; cerrando los ojos, veía a Satanás, con su horrible catadura, y no podía oir hablar del infierno sin estremecerse de pies a cabeza.

—Al cielo; quiero ir al cielo—contestó con ansiedad, como si ya oyera en la sombra los pasos del demonio, que se acercaba para cargar con ella.

—Pues para ir al cielo es preciso, hija mía, estar en estado de santidad, y este estado los que más fácilmente pueden adquirirlo son los célibes o las vírgenes. Tú, indudablemente, procediendo como joven honrada, querrías contraer matrimonio con ese hombre que decía amarte. ¿No es esto?

—Sí, padre.

—Pues bien; el matrimonio, aunque muchos no lo crean así, es lo más opuesto al estado de santidad y el camino más recto para ir al infierno. No soy yo quien lo digo, sino la Santa Madre Iglesia, que no puede engañarse jamás.

—¿Y cómo es que la Iglesia casa a la gente?—preguntó Enriqueta con ingenuidad terrible.

—Es necesario el matrimonio, pues de lo contrario acabaría la procreación, y el mundo quedaría desierto. La Iglesia lo consiente, mas no por esto aconseja el matrimonio, pues sabe que para ganar el cielo sirviendo a Dios, no basta la virginidad del alma, pues es necesario también conservar la del cuerpo. ¿Has oído tú hablar del Santo Concilio de Trento?

—Sí, padre—contestó Enriqueta, que algunas veces había oído tal nombre en boca de los contertulios de su hermana aunque no estaba muy segura de lo que pudiera significar.

—Fué una santa reunión de todas las lumbreras de la Iglesia, sobre cuya augusta frente descendió el Espíritu Santo. Allí se distinguió por primera vez nuestra sagrada Compañía de Jesús, y se dictaron cánones sobre el matrimonio, que afirman esto que te digo. Oye lo que dice el Canon X, y recuérdalo siempre: "Si alguno dijese que el estado de matrimonio debe preferirse al estado de virginidad y de celibato, y que no es mejor y más venturoso permanecer en la virginidad o en el celibato que casarse, sea anatema." Anatematizados son, pues, por la Iglesia, los que no creen que la virginidad es el procedimiento más seguro para ir al cielo, como lo prueba el celibato de los sacerdotes, fieles representantes del Altísimo, y el de las religiosas, dulces esposas del Señor. Ahora, ya lo sabes; ya estás advertida por mí, que en estos momentos hablo por inspiración del cielo; cásate si ésta es tu voluntad y lo permite tu familia, pero está segura de que vas rectamente camino del infierno.