—No, padre mío; no me casaré. Además, he roto ya toda clase de relaciones con el hombre que amaba, y hoy mi corazón está vacío.

—No basta esto. Es preciso que ese corazón lo llenes con el santo amor a Jesús crucificado, divino Esposo de todas las jóvenes destinadas a gozar en el cielo una eterna dicha.

—¡Amaré a Dios, padre mío! Yo se lo aseguro. Hoy no le amo aún como debiera, pero con el tiempo...

—La oración y la humildad harán más que cuantos esfuerzos de ánimo intentes. Obedéceme a mí siempre; sigue los consejos de tu hermana, que es casi una santa, y no dudes que éste es el camino que te conduce a la eterna felicidad.

—Mi hermana desea hacerme monja.

—Es porque te quiere con verdadero cariño; porque se interesa por tu dicha. ¿Te sientes con fuerza para entrar en un convento?

—¡Yo!... No sé. En este instante creo que sí; pero después...

—Eso es, porque como muy bien has dicho antes, no amas aún a Dios verdaderamente. Cuando te sumas en la inmensa felicidad que produce entregarse en cuerpo y alma a la contemplación de la felicidad, cuando sigas fielmente mis consejos, entonces tú serás la más interesada en abandonar el mundo y pedir la vida religiosa. Serás monja y nos agradecerás a tu hermana y a mí el cuidado que nos hemos tomado por tu alma.

—¿Y mi papá?—preguntó Enriqueta, que al hablar del convento recordaba la oposición de su padre.

—¿Se opone acaso a tu vocación?