Otro golpecito como aquella confesión, y el hermoso jesuíta andaba de un solo salto la mitad del camino que conducía al generalato.
XXII
De cómo el padre Claudio
tendió la tela de araña.
El doctor don Pedro Peláez era el médico de Madrid más reputado entre la clase aristocrática.
Una fama, si no de excesiva brillantez, sólida e inalterable, acompañaba su nombre, y no se sentía enfermo un individuo de la alta sociedad sin que al momento parientes y amigos dijesen con la expresión propia del que ha encontrado una solución salvadora:
—¡Que busquen al doctor Peláez! ¡Que venga inmediatamente!
Su reputación científica estaba al abrigo de todo ataque, y a pesar de que era un médico vulgar que no se distinguía en ninguna especialidad, nadie se atrevía a dudar de su sabiduría, que entre las gentes del gran mundo era casi artículo de fe.
En los salones hubiera sido considerado de mal tono hablar de dolencias sufridas, sin unir a ellas el nombre del doctor de moda, que parecía protegido por un oculto poder, encargado de acrecentar su fama.
La consigna era general. Enfermaba alguna aristocrática señora, y no faltaba un amigo oficioso que dijera inmediatamente:
—Eso no es nada. Llame usted a Peláez, y en cuatro días, buena. Le gustará a usted mucho el doctor. Es un hombre de mundo, un carácter franco y agradable.