Se sentía indispuesta alguna beata opulenta, y entonces su mismo director espiritual era el encargado de decirla:
—Llame usted al señor Peláez. Es un gran médico, y, además, un buen católico; un hombre virtuoso que fía más en Dios que en su ciencia, y que no incurre en las herejías de esos doctores materialistas que hoy tanto abundan.
Podía dormir tranquilo el doctor Peláez, pues su fama no corría peligro. Se le morían los enfermos con aterradora frecuencia; los compañeros de Facultad sonreían desdeñosamente al hablar de él, y le aplicaban, como saetas de desprecio, los más denigrantes calificativos; pero allí estaba, para defenderle, toda la alta sociedad, los pollos tísicos, las niñas cloróticas, los padres martirizados por la gota, y, sobre todo, la gente de Iglesia, y más especialmente los individuos de la Compañía de Jesús, que hablaban de la piedad y las virtudes del médico con preferencia a sus conocimientos científicos.
El padre Claudio era la más sólida base de aquella reputación médica, y no visitaba una sola casa en la que no introdujera a su buen amigo don Pedro Peláez, asombroso portento, que era capaz de obrar milagros, como los antiguos santos.
Nada tenía el doctor en su aspecto que justificase tan buena y general aceptación. Conocíase su origen campesino por cierta rudeza en sus maneras y aun en su lenguaje, que él pugnaba por ocultar; su rostro, curtido y cetrino, era vulgarote, teniendo, como detalles distintivos, unos ojos verdosos, que rebosaban malicia, unas patillejas recortadas con poco arte y una gran boca que sonreía con graciosa bondad, y a esto había que añadir que vestía con cierta afectación, procurando ostentar un lujo recargado y ridículo.
Pero, en cambio, tenía una conversación entretenida, era francote e ingenuo, hasta el punto de que, según la expresión de sus bellas clientas, llevaba el corazón en la mano, y tanta facilidad tenía para la narración, que se sentía capaz de pasar un día entero sin repetirse ni cansar a su aristocrático auditorio.
Cuando entraba en una casa, aunque el enfermo estuviera muriéndose, todos desarrugaban el ceño, y hasta algunos sonreían acariciados por la confianza que el médico infundía con su presencia. Pulsaba a los enfermos diciendo un chiste, entretenía a la familia con un alegre cuento, y cuando se le moría el infeliz que él cuidaba (lo que ocurría las más de las veces), aun llegaba a alcanzar con sus palabras que se mitigara bastante el dolor de parientes y allegados.
No se llegaba a determinar en él quién alcanzaba tal éxito y era motivo de tan gran fama, si el médico o el elegante bufón. Joaquinito Quirós, gran aficionado a las imágenes clásicas, aun cuando las sacase por los cabellos, decía de él que era Momo embozado en el manto de Esculapio.
Este don Pedro Peláez era el patriota de quien el padre Claudio habló a Baselga en su conferencia con O’Conell, y pocos días después de que ésta se verificase, lo presentó al conde en aquel despacho, estancia misteriosa donde se incubaba, al calor de una exaltada imaginación, la gran empresa de Gibraltar.
El jesuíta debía ya haber puesto a Peláez al corriente de lo que se trataba, pues el médico habló al conde de la importante conquista con gran entusiasmo, jurando repetidas veces hacer los mayores sacrificios para devolver Gibraltar a la patria española.