A Baselga no le fué muy simpático el doctor Peláez al primer golpe de vista. Conocía de nombre a aquel médico, del que se hacía lenguas la buena sociedad, y al verlo lo encontró un tipo de rústico, malicioso y vulgar, incapaz de acometer ninguna empresa grande.
Pero aquél, exaltado por el patriotismo, tenía la condición de apreciar a sus amigos con arreglo al grado de entusiasmo que mostraban por su grandiosa empresa, y como el famoso Peláez no anduvo parco en punto a elogios y exageraciones, tratándose de la idea concebida por Baselga, éste le reputó inmediatamente por hombre de gran valía, que bajo un exterior vulgar encerraba un corazón de oro.
Tratándose de un carácter tan franco y amigo de entrometerse en todo, como era el del reputado médico, fácil es adivinar lo poco que le costaría captarse la confianza de aquel Don Quijote del patriotismo, nombre que el padre Claudio daba a Baselga en sus conversaciones con su secretario.
Peláez visitó todos los días a su amigo, y con él permanecía horas enteras, discutiendo calurosamente los últimos detalles del famoso plan y lo que debía hacerse después del triunfo.
El conde estaba contento y satisfecho del carácter de su auxiliar, y, sobre todo, lo que más le agradaba en él, es que nunca le hacía la oposición y acataba siempre todas sus órdenes.
Aquello marchaba, según la expresión del conde, que muchas veces no podía contener su alegría, y en la mesa hablaba a sus hijas con fruición y chispeándole los ojos, del gran plan que él cuidaba de no revelar, pero que las honraría a ellas como hijas del más grande hombre de España.
A Enriqueta producíale alguna inquietud la exaltación que notaba en su padre, y que aumentaba de un modo poco tranquilizador.
Fernanda, por el contrario, permanecía tranquila, y únicamente examinaba a su padre con curiosidad. Sabía que el padre Claudio tenía algo que ver con aquella exaltación, y no se inquietaba, pues tenía absoluta confianza en aquel grande hombre, del que era ferviente admiradora.
Además, en ella existía un gran fondo de odio contra el hombre que sabía no era su padre, y que la trataba siempre con desdeñosa indiferencia, haciéndola sentir muchas veces el peso de su autoridad. El conde era un obstáculo para los planes del padre Claudio, y ella, por su amor a éste, deseaba que le hiciera desaparecer.
Un día comenzó a alarmarse, no sólo la familia, sino toda la servidumbre de casa de Baselga.