Sentáronse los dos en un sofá, y el jesuíta dijo, adoptando un aire paternal:

—Vamos, hija mía. Cuéntame todo lo sucedido ayer. El padre Felipe me ha dicho algo, pero deseo que seas tú quien me diga lo ocurrido, con todos los detalles.

La baronesa hizo la relación de todo lo sucedido. La llegada de los navarros, el almacenaje de las armas, el gran susto de los criados, que sabían todo lo que ocurría, y el no menor que experimentaba ella, pues comprendía que de todo aquello nada bueno podía salir.

—Y tú—dijo el jesuíta—, ¿qué intenciones le supones a tu padre? ¿Por qué crees que hace todas esas cosas que resultan extrañas?

—Yo, padre mío, la verdad, no sé cuál pueden ser sus ideas. Ahora, afortunadamente, estamos en una época tranquila, el partido carlista no piensa en conspiraciones, y al ver yo estos preparativos guerreros de mi padre, casi llego a sospechar si estará loco.

El padre Claudio sonrió, como halagado por estas últimas palabras, y dijo a su admiradora:

—¿Recuerdas que un día vine aquí con un sabio irlandés, el doctor O’Conell? Tú estabas en una Junta de Cofradía, y encargué al ayuda de cámara de tu padre que te participase la visita. ¿Lo recuerdas?

—¡Oh, sí, perfectamente! Vino vuestra paternidad con un sabio que estaba de paso en Madrid y que se marchaba aquella misma noche. El doctor O’Conell, según usted me dijo después, es un sabio de gran reputación, y, además, un buen católico y amigo de la Orden. Ya ve usted que me acuerdo.

—Pues bien; aquella visita, que parecía insignificante, tenía gran importancia. Yo traje aquí a O’Conell con toda intención.

—También ha traído usted al famoso doctor Peláez, con el que ha simpatizado mucho mi padre.