—También ha sido intencionadamente. Necesitaba que la ciencia viniese a ratificar una sospecha que hace tiempo abrigaba yo.

—¡Cómo! ¿Qué es eso? ¿Qué es lo que usted cree, padre Claudio? ¡Oh, dígamelo, por Dios!

La baronesa demostraba gran excitación. Pero ésta era producida más por la curiosidad que por la zozobra dolorosa que en toda hija produce un riesgo que amenaza a su padre.

—¡Calma, hija mía, calma! No te inmutes y conserva la serenidad, que en estas circunstancias es más necesaria que nunca. Comprendo que mis palabras te impresionarán desagradablemente, pero debes tener valor.

Y luego añadió, bajando la voz y mirando a todas partes, como si temiera ser oído:

—Tu padre está loco.

Y doña Fernanda, por toda contestación, murmuró:

—Me lo temía.

Quedaron en silencio los dos, y pasados algunos minutos de reflexión, la baronesa preguntó a su ídolo:

—Pero dígame vuestra paternidad: ¿qué ha sucedido? ¿Cómo ha venido usted a convencerse de la locura de mi padre?