—¡Oh! Es muy largo de contar. Procuraré decírtelo brevemente. Tu padre ha caído en la extraña monomanía de querer arrebatar Gibraltar a los ingleses, y hace ya muchos meses que no se ocupa de otro asunto. La idea, siempre fija, de alcanzar gran renombre, como sus antiguos compañeros de armas, le ha hecho incurrir en tal manía, y él que, como sabes, no ha sido nunca gran aficionado a los libros, estudia ahora con tenacidad las obras militares, y ha conseguido hacerse un sabio. Las fortificaciones de Gibraltar las conoce perfectamente, y hace poco tiempo aquel viaje que emprendió, y del que tan malhumorado vino, no fué a sus posesiones de Castilla la Vieja...

La baronesa, que oía la relación con extrañeza y curiosidad, no se pudo contener.

—Pues, ¿adonde fué?—exclamó.

—A Gibraltar, de donde le arrojó la policía inglesa, sin duda porque con sus imprudencias excitó sus sospechas. El mismo me lo ha contado, pues por una extraña casualidad le inspiro gran confianza. Su manía le induce principalmente a considerar a todos sus amigos como cómplices de la conspiración y les comunica sus planes. Yo, que conozco su carácter y sé que es terrible cuando se irrita, procuro no contradecirle, y consiento que me trate como compañero de conspiración. Lo mismo le ocurre a Joaquinito Quirós, que hace tiempo se apercibió de las manías del conde. Al principio eran éstas inofensivas, y se limitaban a risueñas esperanzas y planes, que no se habían de realizar; pero, poco después, tomaron un carácter alarmante, hasta tal punto, que hoy puedo asegurarte, hija mía, que si tú, en representación de toda la familia, no tomas medidas enérgicas, este loco puede perturbar, no solamente esta casa, sino España entera, creando un conflicto internacional, en el que, indudablemente, perderá la vida. Figúrate que ha comprado armas y ha llamado esa gente que tú ya conoces, con el descabellado propósito de apoderarse de Gibraltar por sorpresa, y habla de esta empresa imposible con la misma naturalidad que Don Quijote hablaba de las más tremendas aventuras. Tan parecido está al loco hidalgo manchego, que toma ya por gigantes los molinos de viento, pues a un doctor lo convierte en capitán, metiéndolo imaginariamente en su conspiración.

—¿Cómo es eso?

—Se ha empeñado en que el sabio doctor O’Conell es un capitán irlandés de guarnición en Gibraltar, y que se ha comprometido a ayudarle en su aventurada empresa.

—Pero, ¿puede haberse forjado tal idea? Eso es un disparate.

—¿Qué te extraña, hija mía? Si no pensase tan absurdamente no sería un loco. Indudablemente, lo que sueña en su desordenada imaginación lo cree una realidad, y por esto afirma tan seriamente que el doctor es un militar comprometido en la patriótica conspiración.

—Pero en algo se fundará para hacer tales afirmaciones.

—En nada absolutamente, querida hija. El doctor O’Conell tuvo con él una larga conferencia, de la que yo fuí testigo, y en ella no se trató nada que pudiera servir de base a tales ilusiones. Es verdad que el conde habló de Gibraltar con esa exaltación que siempre le acomete cuando trata de ese plan tan funesto para su razón; pero el doctor, ocupado en observarlo, apenas si le contestó, fijándose únicamente en las muestras que daba de enajenación mental. Salimos mi amigo y yo de la visita, sin que pudiera imaginar el efecto que ésta había de producirle, y al día siguiente, al volver aquí, mi sorpresa no tuvo límites cuando el conde me preguntó por el capitán O’Conell, y si éste tardaría mucho en indicarle, por conducto mío, el momento oportuno para dar el golpe sobre Gibraltar. Pero mi asombro se trocó en miedo cuando me habló de traer de Navarra hombres de confianza y comprar armas. Temblé, pensando en los terribles compromisos que su locura iba a traer sobre esta casa, para mí tan querida, y busqué inmediatamente al amigo Peláez, encargándole que estudiase atentamente la enfermedad del conde.