Y al decir esto miraba con tal aire de autoridad avasalladora a Peláez, que este, como si fuese el eco de las palabras del jesuíta, dijo rotundamente:
—Está loco, efectivamente.
—Muy bien; veo que ya va sabiendo usted algo más de medicina. El conde de Baselga está loco, y en la consulta que usted, como médico de la casa, tendrá mañana con el célebre alienista Zarzoso, es preciso que sepa relatar perfectamente la historia de la enfermedad y que cuente todos los detalles justificativos, de modo que nadie pueda dudar que el conde es víctima de una enajenación mental. Resulta esto necesario para que la familia pueda conducirlo a un manicomio.
—Difícil es eso, reverendo padre.
—Claro, es más fácil contar chascarrillos en las tertulias y alborotar a las pollas con cuentecillos de color de rosa; pero aquí no lo hemos encumbrado a usted por el gusto de que la aristocracia tenga un bufón más, sino para que nos sirva siempre que lo necesitemos. Usted no está autorizado para decir si una cosa es fácil o difícil; usted lo que debe hacer es cumplirla a ojos cerrados, y... en paz.
—La cumpliré, reverendo padre. Sólo temo no saber hablar de un modo que convenza a mis colegas.
—Yo estaré allí.
—De ese modo ya estoy más tranquilo.
—Ya puede usted apreciar el modo más adecuado de hacer la historia de la locura de Baselga. He aquí la síntesis: primero, un hombre ensimismado, malhumorado, misántropo; después, se le ve dedicarse con ahinco a los estudios militares, habla de gloria a todas horas, cambia de carácter rápidamente, se irrita con frecuencia, al mismo tiempo que siente retoñar en él los apetitos juveniles, y se lanza al mundo elegante de que antes huía bailando como un muchacho y adoptando el aspecto de un viejo verde. La idea absurda y estupenda de conquistar a Gibraltar la acaricia en secreto, y al fin acaba por revelarla a varios amigos de confianza. Yo, que soy uno de éstos, y a quien empiezan a inspirarle cuidado las ideas estrambóticas del conde, aprovecho el rápido paso por Madrid de un amigo mío, renombrado médico irlandés, llamado O’Conell, y lo llevo a casa de Baselga. La conferencia es tranquila. El conde habla, como siempre, de su plan sobre Gibraltar; el médico le contesta cuatro generalidades, con el único fin de hacerle hablar más y estudiar mejor su pensamiento, y termina la visita, sin que ocurra ningún incidente y sin que O’Conell dé motivo alguno para que el pobre loco crea que él es un capitán del ejército inglés que se propone ayudarle en la conquista del Peñón. Al día siguiente, yo veo con el mayor asombro que el conde tergiversa las cosas del modo más lamentable, y que tiene por militar al que sólo es doctor, y supone que dentro de la posesión inglesa hay quien secunda sus planes. Esto me produce una inmensa alarma, y entonces yo le busco a usted para que estudie la enfermedad del conde, y usted, por datos que tendrá recogidos, probará claramente a sus colegas que Baselga está loco de remate, añadiendo que tan tenaz es su manía patriótica y conquistadora, que también lo considera a usted como uno de los conjurados y le expone sus planes. Además, puede usted asegurar al doctor Zarzoso, que a él, en el momento que visite al conde, también éste lo considerará como auxiliar para la conquista.
—Pero..., reverendo padre. ¿Cómo vamos a conseguir esto último? ¿Y si el conde recibe a mis colegas como simples médicos y no quiere hablar de su famoso proyecto? ¿Cómo nos arreglaremos entonces para probar su locura?