—No se ocupe usted de eso, señor Peláez. Es cuenta mía, y ya sabré yo arreglar las cosas para que el éxito sea a nuestro gusto.
—Procuraré, reverendo padre, cumplir sus órdenes y proceder de modo que la Orden no quede descontenta de mí.
—Hará usted perfectamente. Esta es la primera vez que necesitamos de sus servicios para un asunto serio. Hasta ahora no ha hecho usted más que vigilar por nuestra cuenta a ciertas familias y darnos relación exacta de sus acciones. Servicios de poca importancia, menudencias que no merecen mucho agradecimiento. Ya empieza usted a devolver lo mucho que nos debe, y es preciso que en este asunto se extreme y aguce el ingenio para que no podamos tacharle de ingrato. Piense usted, ante todo, que si hoy se ve bien recibido en la alta sociedad y vive en la opulencia, a nosotros nos lo debe, y que así como lo hemos elevado, podemos hacerle caer en la ruina de un solo golpe. Procure, pues, no dejar descontenta a la Orden.
—Reverendo padre: soy de la Compañía en cuerpo y alma.
—Pues a eliminar al conde de Baselga del mundo de los cuerdos.
—O el doctor Peláez no sirve para nada, o mañana el conde es declarado loco.
—Así sea, querido doctor. Con ello libraremos a una familia católica del yugo de una obstinación impía, y la Orden recibirá un refuerzo de importancia para continuar su obra sublime de conquistar el mundo en nombre de Cristo. Considere usted si el servicio que yo le exijo es meritorio y digno de santa alabanza.
XXIII
Baselga convertido en mosca.
La baronesa de Carrillo vivía en el palacio de su padre con completa independencia.