Ocupaban sus habitaciones una gran parte del primer piso, y sólo dos o tres piezas, las más sombrías, por tener sus vistas al patio, eran las reservadas al jefe de la familia, que vivía en completo aislamiento, y únicamente iba en busca de su hija Enriqueta cuando tenía que acompañarla a una fiesta de sociedad.

Entre las habitaciones de la baronesa y las del conde, aunque sólo estaban separadas por la antecámara, padecía mediar un abismo.

El odio de la falsa hija y la indiferencia del padre, que sabía bien a qué atenerse acerca de la sangre que circulaba por las venas de la baronesa, impedían toda relación entre los dos, y de aquí que sólo se viesen en el comedor, donde cambiaban algunas frías palabras.

Esta falta de comunicación en que ambos vivían creaba en aquella casa dos mundos distintos que seguían sus rumbos, sin rozarse ni aparentemente el uno con el otro.

Baselga no ponía nunca los pies en las habitaciones de su hija mayor ni se preocupaba de las visitas que ésta recibía y de sus rústicas tertulias.

En cuanto a la baronesa, ésta no se preocupaba aparentemente de la vida que hacía su padre, ni hacía preguntas a sus enviados; pero era porque su chismosa doncella, mediante generosas recompensas, se encargaba de averiguar lo que el conde hacía desde la mañana hasta la noche, y qué gentes entraban a visitarle en su despacho.

A esta separación era debido que Baselga no se enterase de lo que contra él se tramaba en el salón de su hija, ni se apercibiera de las personas a quienes ésta recibía.

De este modo, nada supo de la reunión que se verificaba en dicha pieza a las once de la mañana, o sea a la hora en que él, con los codos apoyados en su mesa de trabajo y la cabeza entre las manos, reflexionaba sobre su célebre plan, que nunca se cansaba de acariciar.

Media hora antes había estado con él su íntimo amigo, el padre Claudio, para anunciarle de allí a poco rato la visita de tres individuos del Comité patriótico que dirigía Peláez, las cuales se mostraban ansiosos de conocer al gran hombre encargado de dar el golpe sobre Gibraltar.

El jesuíta había salido poco después, anunciando que iba a visitar a la baronesa en sus habitaciones, y, efectivamente, allí estaba hablando con ella, en un rincón, explicándola con cierta vehemencia el modo como debía recibir al doctor Zarzoso.