—¿Acaso el señor es también de la Facultad?

—No, señor doctor. El señor, es el padre Claudio, de la Compañía de Jesús, un amigo de mi niñez, un protector de mi infancia, a quien considero como mi segundo padre. Como íntimo amigo de mi familia, ha tratado a mi padre con intimidad y puede suministrar a la consulta datos de alguna importancia.

El jesuíta se inclinó modestamente como ratificando las palabras de la baronesa, y el sabio doctor aún miró con más fijeza al sacerdote.

Había oído hablar mucho de aquel jesuíta que visitaba a la Reina con asiduidad; tenía gran prestigio en los centros oficiales e influía algunas veces en la vida de los Gobiernos, cuando éstos no tenían al frente algún general testarudo.

Siempre había sentido deseos de conocer qué "clase de pajarraco" era aquel jesuíta que tan poderoso se mostraba, y ahora que podía examinarlo a su sabor, esforzábase en adivinar en aquel exterior que afectaba humildad algún gesto, algún detalle que revelase el genio de intriga que poseía en tan alto grado.

Pronto le sacó de su contemplación escudriñadora la voz de la baronesa.

—En cuanto a estos otros señores, ilustre doctor, son colegas de usted, con los que podrá verificar la consulta. Permítame usted que los presente. El doctor don Pedro Peláez.

El aludido se inclinó con afectación, y después dijo con énfasis:

—Tenía ya el honor de que el sabio catedrático me conociese, pues ya he logrado varias ocasiones en que he podido manifestarle que tiene en mí uno de sus mayores admiradores.

Peláez se quedó muy satisfecho de sus palabras; pero el sabio las acogió con gruñidos poco tranquilizadores y dijo después con sorna: