—Efectivamente, conozco al señor... ¿Y quién no conoce a esta lumbrera de la ciencia elegante, a este portento capaz de hacer reir a un moribundo con sus habilidades? Es todo un sabio que irá muy lejos; lástima que la muerte se empeñe en impedir siempre sus triunfos científicos.

Y el doctor Peláez se reía al lanzar su colega aquellas burlas crueles y ver cómo hacía esfuerzos por conservar su serenidad.

—¡Oh! Mi ilustre maestro—murmuró como si estuviese muy agradecido—, siempre me distingue con su alegre benevolencia. Permítame ahora que le presente a mis compañeros.

Y Peláez hizo la presentación de sus dos compañeros, aquellos médicos vulgares que con su expresión de zozobra al verse frente a aquella eminencia daban mucho que reir al doctor Zarzoso.

—He aquí—murmuró éste—dos excelentes acólitos que dirán “amén” a todo.

Después de la presentación era necesario entrar en materia, y la baronesa fué quien abordó la cuestión.

—Señor doctor—dijo con acento quejumbroso—. En esta casa, después de mi padre, soy yo quien, por mi edad, debo encargarme de la dirección de ella, y por esto, hoy, que con profundo dolor veo en peligro la razón del conde, me he apresurado a impetrar los auxilios de la ciencia para impedir mayores males. Mi padre está loco o, al menos, esta es la opinión de todos estos señores. A mí, como hija cariñosa, me repugna creer en tal desgracia, y para convencerme o animarme en mis esperanzas, sólo espero lo que diga el sabio que goza de tan justo renombre en esta clase de enfermedades.

El doctor Zarzoso inclinó la cabeza, agradeció la lisonja, sin dejar de mirar aquella mujer madura y fea que se expresaba con acentos tan dramáticos y que parecía ser lista en demasía.

—Yo, señor doctor—continuo doña Fernanda—, sólo le pido, ¡por Dios y por todos los santos!, que piense bien antes de dar su dictamen, que de sus palabras pende la tranquilidad de mi pobre hermana, joven inocente que no sabe nada de la dolencia de su padre, y la mía propia; pero también le pido que no nos oculte la verdad, pues de seguir mi padre como hasta hoy, libre por completo, teniendo la razón perturbada, podrían originarse terribles sucesos y de sus consecuencias todos me culparían a mí por no haberlos evitado a tiempo.

Peláez, los dos médicos y el jesuíta hicieron signos de aprobación, y el doctor Zarzoso creyó del caso hablar: