—Efectivamente, señora; en estos asuntos hay que decir siempre la verdad, y si yo valgo algo es porque jamás la he ocultado, aun a riesgo de destrozar los sentimientos más naturales de las familias. No tema usted que yo la oculte lo que piense. Mi rudeza es bien conocida de todos cuantos me tratan, y si su padre está loco o si está cuerdo, con la misma claridad se lo manifestaré. Vamos, pues, al asunto. ¿Hay algún inconveniente en que veamos al enfermo?

—No, señor doctor. Mi padre está en su despacho y pueden ustedes entrar a verlo cuando quieran.

—Eso se hará después. Ahora oigamos al médico de la casa. ¿Es el señor...?

—Peláez, para servirle, querido maestro—dijo el aludido fingiendo no comprender la malignidad de aquel olvido.

—¡Oh! Sí; dispense usted. Conoce uno a tantos... Pero esto no impide que sea un pecado imperdonable olvidar un nombre tan conocido como el de usted lo es en la clase más selecta de la sociedad.

Peláez se mordía los labios al sentir aquellas incesantes punzadas que le dirigía el irónico maestro, y todos los presentes, a pesar de la gravedad de la situación, comenzaban a regocijarse algo en su interior, al ver el apuro del médico aristócrata, tan chusco y atrevido en sus conversaciones como tímido y rastrero con el célebre profesor.

—Vamos adelante—dijo éste, que se gozaba en el martirio de su víctima—. A ver la historia de la enfermedad.

Peláez recitó hábilmente la lección aprendida. Todo cuanto en el día anterior le había dicho el padre Claudio en su despacho, lo fué repitiendo con una expresión tal, que en sus palabras no se notaba preparación ajena y parecía el resultado de largas meditaciones científicas.

El aristocrático médico se explicó con claridad y probó la locura del conde, después de afirmar que sólo se decidía a hacer tal declaración tras meditar largamente sobre el asunto.

La historia de la enfermedad fué breve, pero precisa. Primeramente, el paciente, poseído de una manía heroica que le hacía ansiar la gloria, habíase decidido a realizar un plan tan absurdo como la conquista de Gibraltar, por un golpe de mano hijo de su iniciativa, y sin confiar en ningún auxilio extraño. Después, dominado por esta manía, había caído en otra más peligrosa, cual era considerar a todos sus amigos comprometidos voluntariamente en tan loca empresa. La visita de un médico extranjero le había hecho concebir la absurda esperanza de que dentro de la plaza inglesa había gente que secundaría sus planes, y desde este momento su locura se extremó, llegando a hacer preparativos materiales, tales como la compra de armas y reclutamiento de hombres; medidas que podían perturbar el orden, que tenían en perpetua alarma a las familias, y que hacían necesaria una resolución pronta y enérgica en la persona de aquel desgraciado, que constituía un continuo peligro.