Enriqueta miró con azoramiento a todas partes, como si temiese ocultos espías que fuesen a contar a su hermana lo que decía, y después hizo con su cabeza un signo afirmativo.
—Perfectamente—dijo el conde—. Veo que no me había equivocado, y me felicito de que tu vocación sea falsa. Tú no quieres ir a un convento, ¿no es eso?
—No, papá mío. Amo mucho a Dios, pero no me siento con fuerzas para una vida tan dura, y prefiero, prefiero...
El conde fué en auxilio de su hija, que no sabía cómo expresar su pensamiento.
—Prefieres ser como son todas las mujeres honradas. Primero, una honesta joven que goza de cuantas alegrías decentes puede proporcionar la sociedad, y después, una honrada madre de familia, útil a la patria y sostenedora de la virtud en el hogar doméstico. Me alegro de ello, hija mía; yo pienso de igual modo.
Enriqueta, oyendo expresarse a su padre de este modo, sentía crecer su confianza. Por esto no experimentó una gran turbación cuando el conde le dijo así:
—Ya que no quieres ser monja, cuéntame tus amores, ¿Quién es el autor de esas cartas que acabo de leer?
La joven se ruborizó; mas no por esto sintió deseos de ocultar la verdad.
Mostrábase su padre tan amoroso y complaciente, que fácil era que accediese a autorizar sus relaciones con el capitán Alvarez.
Esta dulce esperanza hizo que la joven se espontanease y con acento confidencial fuese relatando al conde la historia de su pasión. Ningún incidente escapó a la memoria de Enriqueta. Desde la mañana de invierno en que vió a Esteban Alvarez por primera vez, hasta la ruidosa escena de una hora antes provocada por la indignación de doña Fernanda al conocer los amores de su hermana, la crónica completa de aquella pasión fué relatada detalladamente, cuidando Enriqueta de aprovechar cuantas ocasiones se le presentaban de hacer una apología sencilla, pero completa, de su adorador.