La joven no podía menos de asombrarse de aquella confianza extremada que la dominaba, impulsándola a hacer partícipe a su padre de todos sus secretos. Una hora antes hubiese creído el mayor de los absurdos el pensar solamente que ella llegaría alguna vez a relatar voluntariamente sus amores al conde de Baselga.

Cuando éste supo quién era Esteban Alvarez su rostro obscurecióse un poco; pero la mala impresión fué fugaz, y reapareció aquella expresión benévola que tenía por objeta animar a Enriqueta en su confesión amorosa.

Así que ésta terminó, el padre quedóse pensativo, intentando después sondear más hondamente el alma de Enriqueta.

—¿Y amas tú verdaderamente a ese joven capitán?

—Sí papá—contestó la joven ruborizándose—. Conozco que le amo. Y... ¡la verdad, es que él lo merece! ¡Si usted supiera cuán bueno es!

Y Enriqueta, al decir esto, miraba fijamente a su padre para adivinar el efecto que le producían sus palabras; pero el conde permanecía impasible.

—No me cabe duda alguna—continuó la joven—de que él me ama honradamente. Es hombre incapaz de mentir y muchas veces me ha dicho con lágrimas en los ojos que quisiera que yo fuese pobre y de humilde origen para que nadie pudiera atribuir su pasión a un mezquino y egoísta interés.

Baselga, al oir esto, salió al fin, de su mutismo.

—Piensa muy bien ese joven al hablar así, y demuestra que es un hombre honrado. Efectivamente; para un hombre tan pobre como él es, pues sólo tiene su espada, es peligroso amar a una joven noble y rica como la hija del conde de Baselga. Siendo él tu esposo, todo el mundo tendría derecho a creer que te amaba por tus millones, y eso resultaría deshonroso para él y para tí. Por eso me opongo a esos amores y te ruego, como padre cariñoso, que olvides al capitán.

Enriqueta experimentó una profunda conmoción. ¡Adiós sus ilusiones! Su padre también se oponía a aquellos amores, y aunque no usaba las formas rudas y brutales de la baronesa, no por eso su resolución era menos firme.