El sabio miraba fijamente al jesuíta y en sus ojos leía una marcada expresión de duda. Parecía que le inspiraba fuertes sospechas la circunstancia de ser el jesuíta quien arregló aquella visita tras la cual tan marcadamente se mostró la locura del conde.
—Sí, yo fuí; señor doctor—continuó el jesuíta ansioso por deshacer la mala impresión que adivinaba en el ánimo del profesor—. Como ha dicho antes la señora baronesa, me inspiran mucho interés su familia y todos los asuntos de esta casa, y por ello me tomé la libertad de traer aquí a mi amigo, el doctor O’Conell, para que examinase al conde, cuyo estado me inspiraba ya entonces mucha inquietud.
—¿Y quién es ese doctor O’Conell? Aquí, en Madrid, resulta desconocido. Yo conozco a todos los médicos de Europa y América que gozan de algún renombre, y de ese señor nunca he oído hablar.
—A pesar de eso, señor doctor—contestó el jesuíta sin perder su serenidad, en vista de la desconfianza que mostraba su interlocutor—, mi amigo O’Conell tiene mucha fama en su patria y obtuvo grandes éxitos hace pocos años con sus explicaciones en la escuela de Medicina de Dublín. En la actualidad se dedica a estudios de observación, para lo cual hace continuamente grandes viajes. En Madrid sólo estuvo un día y salió inmediatamente para Cádiz, donde se embarcó para ir a no recuerdo qué punto de la América del Sur.
El jesuíta, al hablar así, reíase interiormente del doctor Zarzoso, y de aquella mirada desconfiada e inquisitorial que fijaba en él con el propósito de sorprender la menor vacilación y apreciar la cantidad de verdad que había en sus palabras.
—Mira cuanto quieras—se decía el jesuíta interiormente—. Serías tú el primer hombre que leerías en mi pensamiento cuando yo estoy mintiendo. No es fácil que hombres como tú me sorprendan ni me atolondren.
Efectivamente, el doctor estaba desconcertado por aquel tono de natural veracidad con que hablaba el jesuíta, y comenzaban a extinguirse las sospechas que momentos antes había concebido.
—¿Y cuál fué la opinión de ese doctor sobre el estado del conde?—preguntó el sabio, que a pesar de todo seguía sospechando.
—Dijo rotundamente que estaba loco.
—¿No dijo nada en su conversación que tendiera a producir en el cerebro del conde la idea de que el tal doctor era un capitán del Ejército inglés?