—Nada absolutamente.
—¿No habló de Gibraltar?
—Poca cosa. La conversación versó principalmente sobre viajes, y el conde se mostró en ella muy razonable y comedido. Unicamente le mostró a O’Conell los planos de la posesión inglesa que tiene en su despacho, y dijo que se estaba ocupando en una gran obra. El doctor procuró hacerle hablar de tal asunto para apreciar mejor su exaltación; pero el conde se mostraba entonces muy reservado.
—¿Y cómo se explica usted que al día siguiente al hablarle, se refiera tranquilamente a un capitán inglés habiéndole usted presentado un médico?
—Eso, la ciencia podrá explicarlo. Yo únicamente puedo sacar de ello la consecuencia de que el conde está loco.
El doctor Zarzoso, a pesar de la humildad candorosa con que el jesuíta contestaba a sus preguntas, seguía firme en su creencia de que había algo extraño en aquella trasformación de personalidad que tan rápidamente se había operado en el cerebro del conde.
Parecía que el célebre médico presentía algo de la terrible verdad que se encerraba en el fondo de aquella inicua intriga; pero sus sospechas no eran determinadas, ni tenían ningún hecho real sobre que apoyarse. Además, él quería manifestar al jesuíta que dudaba de sus palabras, para ver si de este modo turbaba aquella serenidad tan completa; y por esto preguntó con marcada intención:
—¿Y fué usted el único que presenció la conversación del conde y el doctor irlandés?
—Yo solo, señor Zarzoso. ¿Quién más debía presenciar la visita? La señora baronesa estaba fuera de casa, y, por tanto, sólo yo podía estar en la entrevista del doctor y del conde.
—¿Y ha sido usted el único que ha tratado al tal doctor durante su estancia en Madrid?