El sabio profesor marcó mucho esta pregunta, como si esperase desconcertar con ella al jesuíta demostrándole las sospechas que abrigaba de que aquel doctor fuese un ser fantástico inventado por él mismo.

—No, señor doctor. Mi amigo O’Conell, aunque sólo permaneció algunas horas en Madrid, conversó largamente sobre materias científicas con una persona que se encuentra aquí.

El doctor Zarzoso preguntaba con su mirada quién era el aludido.

El jesuíta se apresuró a responder:

—Fué el doctor Peláez, que encontró al sabio O’Conell en mi despacho y quedó muy encantado de su conversación.

El padre Claudio sabía improvisar, según las necesidades del momento, mentiras con visos de veracidad, y, además, tenía la seguridad de que su protegido ratificaría inmediatamente cuanto él afirmase.

—Así fué—se apresuró a decir Peláez—. Tuve el gusto de encontrar al doctor O’Conell en casa del reverendo padre, y le aseguro a usted, ilustre maestro, que quedé encantado de su amabilidad y de su ciencia.

El médico intrigante, puesto ya a mentir, creyó del caso seguir adelante en sus afirmaciones.

—Acababa de ver, según me dijo, al señor conde, y me manifestó que estaba firmemente convencido de su locura, y eso que ésta aún no había tomado un carácter tan alarmante como en el presente. Sus observaciones coincidieron con las que yo hice después, y esto me afirmó en mi creencia de que el doctor O’Conell, aunque no tan sabio como usted, ilustre maestro, es un entendido especialista en enfermedades mentales.

El doctor Zarzoso ya no pudo seguir dudando. Por algunos momentos su instinto había adivinado algo de intriga jesuítica en aquella enfermedad, y hasta llegó a pensar que aquel doctor irlandés era algún ser imaginario, creado por el padre Claudio con ocultos fines; pero en vista de lo dicho por Peláez, creyó absurdo seguir dudando.