—Doy a usted las gracias—dijo al sacerdote, sin reparar que en su interrogatorio había pecado algo de grosero—por los datos que me ha suministrado, y como creo inútil insistir ya más sobre este punto, pasemos a la cuestión más importante, o sea al examen del enfermo.
La baronesa, que hasta entonces había permanecido muda, creyó del caso intervenir en la conversación, obedeciendo a una mirada del padre Claudio.
—Señor Zarzoso, antes de que usted, con su colega, entre a ver a mi padre, me atrevo a dirigirle un ruego. No le exasperen ustedes contradiciéndole, pues entonces se revuelve furioso, y su cólera es tan terrible, que pone en conmoción a toda la casa.
El doctor se inclinó, contestando con toda la galantería de que era susceptible su rudo carácter:
—Señora, agradezco esa indicación, pero es inútil. Estoy acostumbrado hace ya muchos años a tratar dementes, y sé que nada se gana con exasperarlos y contradecir directamente sus manías. Permítame usted ahora una pregunta: ¿son muy frecuentes en el conde los accesos de cólera?
—Sí, señor; muy frecuentes—contestó la baronesa con la precipitación del que ha de mentir sin preparación alguna—. A menudo se pone furioso cuando cree encontrar obstáculos a su plan; sólo que yo, para evitar que la servidumbre se entere de la triste verdad, procuro ocultar tales raptos de violenta locura.
—¿Pero no habrá usted podido ocultar del mismo modo los preparativos militares del conde?
—¡Oh! Eso no. Todos los criados saben que abajo, en las cuadras, hay varias cajas de armas y municiones, y comentan de un modo poco respetuoso para mi padre la llegada de esa banda de hombres casi salvajes que él ha hecho venir desde las montañas de Navarra.
—Ya ve usted, querido maestro—dijo entonces Peláez—, que esos preparativos constituyen un tremendo peligro, que es preciso que nosotros evitemos cuanto antes.
—¡Oh! Efectivamente—dijeron a un mismo tiempo los dos médicos anónimos, que hasta entonces no habían despegado los labios.