¿Por qué estaba allí? Dirigióse esta pregunta, y entonces recordó su conversación con la baronesa en la noche anterior, arrepintiéndose de la resolución que había tomado, ¡Cuán tonta era! ¡Valiente cosa le importaba a ella la conducta de su marido!

Cierto era que la escocía un poco la ridícula situación en que la colocaba Quirós; pero, al mismo tiempo, ruborizábase de vergüenza al pensar que aquel fatuo podía llegar de un momento a otro, y, al ver que le había estado aguardando toda la noche, creyese que se hallaba enamorada de él.

Era ya de día, y Quirós todavía, no había llegado. ¡Bueno estaría que aquel libertino hipócrita la viese a ella asomada a la ventana, lo mismo que una mujer enamorada, que, tras larga noche de llanto e insomnio, aguarda ansiosa al esposo querido!

—Ahora mismo me acuesto—se decía Enriqueta; pero permanecía inmóvil en la ventana, halagada por aquella frescura y el espectáculo del amanecer, completamente desconocido para una joven aristocrática, que jamás se había levantado de la cama a tal hora.

¡Qué bonita estaba la calle completamente desierta, con sus dos filas de grandes casas, con sus puertas cerradas y sus ventanas, de las cuales sólo la suya estaba abierta!

Tenía cierta sublime grandeza aquel silencio que se deslizaba majestuoso por entre las casas, que encerraban un tesoro de vida y animación, muerto ahora, y que, al resucitar pocas horas después, se derramaría por todas partes, como ola de agitación y de estruendo.

La luz perdía poco a poco sus tonos de azulada lividez; el cielo se aclaraba, y unas nubecillas que asomaban poco antes, pardas y feas, sobre los lejanos tejados del extremo de la calle, tomaban ahora cierta transparencia de grana y oro. Era el sol, que comenzaba a salir, embelleciéndolo todo con sus caricias de fuego.

Enriqueta, ante aquel silencio, sentía caprichos de niña, y casi estuvo a punto de gritar; pero otros se encargaron de esto: los gorriones, en alegres bandadas, saltaban sobre los aleros de los tejados, aleteaban en las copas de los árboles y bajaban hasta el desierto pavimento de la calle, acompañando todas sus infantiles travesuras con un incesante piar en infinitos tonos. Eran los violines que preludiaban la gran sinfonía del amanecer.

Despertaba la vida con aquel toque de diana de la Naturaleza, y Enriqueta veía ya por la parte de la plaza de Antón Martín pasar alguna que otra mujer, con la cesta de buñuelos y el aguardiente, en busca de parroquianos.

Una taberna de la calle acababa de abrir sus puertas, pintadas de rojo, y el muchacho, gallego, de gruesos zapatos y puntiagudos pelos, arreglaba en una mesilla las botellas de anisete y bala rasa, para tomar la mañana.