A Enriqueta le encantaba aquel espectáculo.
De pronto avanzó la cabeza con expresión de sorpresa, y como queriendo oír mejor.
Habían sonado a lo lejos sordos estampidos, semejantes a descargas de fusilería. Esperó, para convencerse de la realidad de aquellos ruidos, y éstos no tardaron en repetirse.
Enriqueta no podía explicarse qué era aquello; pero, sin saber por qué, experimentó cierta inquietud, y pensó en Esteban.
¿Qué haría a aquellas horas? ¿Estaría aún amenazado por terribles peligros y empeñado en sus difíciles empresas?
El recuerdo de Alvarez sumió a la joven en honda meditación, del que le sacó el estrépito producido en la desierta calle por varios soldados de caballería que, en desorden y con visible azoramiento, iban a todo galope de sus cabalgaduras.
Eran ordenanzas del Ministerio de la Guerra, y Enriqueta los siguió con la vista, hasta que al extremo de la calle perdiéronse en diversas direcciones.
La joven presentía algo terrible. Nada de extraño tenía ver a tales horas un pelotón de jinetes; pero aquellos soldados llevaban en sus rostros una marcada expresión de intranquilidad y marchaban con demasiada rapidez, como temerosos de llegar tarde a su destino o de que alguien les cortase el paso.
Poco después vió pasar, uno tras otro, varios oficiales, con el mismo aspecto de intranquilidad, llevando en sus rostros un gesto de inquietud, y en sus ojos las señales del sueño recientemente interrumpido.
Marchaban apresuradamente, casi corrían, seguidos de sus asistentes, y algunos de ellos todavía iban abrochándose el uniforme, puesto con precipitación, o ajustándose el cinturón de la espada.