Pronto comprendió Enriqueta lo que aquello significaba.

Por la plaza de Antón Martín entró en la calle un grupo de hombres armados. Eran, en su mayoría, obreros; llevaban al hombro viejos fusiles, escopetas de caza y algunos trabucos; y al frente de ellos, con el revólver en la mano, iba un joven de rostro simpático, adornado por bigote, perilla y melena romántica, y que vestía levita y sombrero de copa. Tenía el tipo de un hombre dedicado a la literatura, y parecía el jefe de aquel pelotón, que marchaba bulliciosamente, mirando a todas partes con expresión de triunfo.

Aquel grupo revolucionario, al entrar en la dormida calle, prorrumpió en gritos:

—¡Viva la libertad!... ¡Viva Prim!... ¡Muera Isabel II!... Y los más humildes del grupo, los que llevaban en su rostro las huellas del sufrimiento, y en sus ropas los desgarrones de la miseria, intercalaban en dichos gritos otro, que producía cierta alarma en aquellos del grupo que tenían cierto aspecto burgués:

—¡Viva la República!

El grupo pasó frente a la ventana que ocupaba Enriqueta, la cual sentía miedo al ver algunos de aquellos rostros, endurecidos por esa expresión feroz que da la miseria.

El jovenzuelo de aspecto romántico, al ver una mujer hermosa contemplando el paso del revolucionario pelotón, estiróse con la petulancia de un mozo guapo, y la saludó con una amable sonrisa, creyéndose un héroe.

Enriqueta pensaba en Alvarez, y cuando el grupo se detuvo a la puerta de la taberna que estaba más abajo de su casa, fué fijándose, uno por uno, en todos los hombres, como si esperase encontrar al ex capitán disfrazado y confundido entre aquellos revolucionarios.

En esto la distrajo la presencia de un hombre que venía, indudablemente, del Prado, y subía la calle apresuradamente. Era un viejo general, conocido de Enriqueta, por haber sido amigo y compañero de armas de su padre, el conde de Baselga.

Acababa de ser despertado, y aún iba por la calle abrochándose la galoneada levita, sin dejar de correr.