El pueblo no retrocede una vez iniciada una revolución, aun teniendo conciencia de su derrota; y los sublevados del 22 de junio únicamente experimentaban una amarga decepción, al ver aquella artillería, que, como ruidoso meteoro de hierro y fuego, iba de un punto a otro, sin saber qué hacer, ni en qué emplearse, por falta de dirección.
Mientras tanto, el Gobierno organizaba certeramente la resistencia, y tomaba con rapidez la ofensiva.
El aviso de lo ocurrido en el cuartel de San Gil llegó a la Presidencia del Gobierno cuando O’Donnell después de pasar la noche en vela, disponíase a acostarse. El caudillo de Africa montó inmediatamente a caballo, y con un batallón de Ingenieros se dirigió a la Puerta del Sol, de la cual habían intentado apoderarse los revolucionarios sin éxito alguno.
Desde allí dirigióse a Palacio, para poner a la Reina a cubierto de un golpe de mano; pero ya se le había adelantado su eterno rival, el general Narváez, quien llegó al regio alcázar casi a medio vestir, organizando inmediatamente la resistencia, y ametrallando, con dos cañones emplazados en la calle de Bailén, la fachada del cuartel de la Montaña.
El héroe de Arlabán y verdugo de sus compatriotas, excitado por el grandioso espectáculo de aquella revolución, que él mismo calificaba de la más terrible que había conocido, recobró el valor ciego, impetuoso y temerario de su juventud, y fué a colocarse en los puntos de mayor peligro, sin temor al fuego que hacía el paisanaje desde las calles inmediatas.
Una bala perdida derribó a Narváez del caballo, causándole una herida de poca gravedad; pero la débil senectud reapareció en el veterano, al verse bañado en su propia sangre, y el general fué conducido a Palacio, exánime, con la creencia de una próxima muerte.
La reina, consternada y temerona de una insurrección que estallaba casi a las mismas puertas de su alcázar, se encargó del cuidado de aquel antiguo amigo y defensor, que pálido, exánime y cubierto de sangre, aparecía a sus ojos con todo el prestigio de un héroe de la causa monárquica.
Narváez estaba alejado algunos años del Poder, por el triunfo de la Unión Liberal, cada vez más omnipotente; pero, a pesar de esto, las gentes de Palacio no se equivocaron:
—He aquí una bala—dijo un cortesano—que ha dado en el general Narváez y ha matado al general O’Donnell.
La profecía fué exacta. Pocos días después la reina destituía a O’Donnell, y la reacción, simbolizada por Narváez, volvía a ocupar el Poder.