En el primer momento, el Gobierno no supo cómo combatir aquella insurrección, que, a pesar de sus escasas fuerzas militares, se presentaba imponente y magnífica.
El pueblo de Madrid se mostraba tan belicoso y dispuesto al heroísmo, que únicamente podía ser comparada su insurrección con aquella otra que inmortalizó la fecha del 2 de mayo.
El cuartel de San Gil habíase convertido en una fortaleza, para cuya conquista se necesitaba derramar mucha sangre, y en los barrios del norte y sur de la capital, miles de combatientes acosaban por todas partes a las tropas del Gobierno, las cuales, después de sostener terribles combates, donde creían encontrar vencidos, tropezaba con nuevos y tenaces obstáculos.
Nada significaba que el coronel Camino se hubiese apoderado de algunas piezas de artillería de los insurrectos, deshaciendo muchas barricadas; nuevos baluartes amasados con piedras, tierra y muebles, volvían a cortar las calles, y desde balcones y ventanas se hacía sobre los asaltantes un fuego mortífero.
El ejército se revolvía como el león, acosado por infinito enjambre de avispas, que, mientras destruye un venenoso insecto con su robusta zarpa, recibe las picaduras de mil.
Pero, a las pocas horas de lucha, O’Donnell había adivinado ya el punto flaco de aquella imponente insurrección. La falta de relaciones entre unos puntos y otros, la carencia de dirección y la nulidad de los jefes revolucionarios, saltó inmediatamente a su vista, y se propuso ahogar la rebelión por partes, dirigiendo todas las fuerzas sucesivamente sobre las diversas zonas donde se había localizado la resistencia.
El cuartel de San Gil era el más temible núcleo revolucionario, y contra él se dirigió el primer ataque de la mayor parte de las fuerzas. Los artilleros insurrectos habían cometido la torpeza de encastillarse en el cuartel, a excepción de las fuerzas que habían salido en el primer momento a recorrer las calles, y pronto se vieron bloqueados por las fuerzas del Gobierno, y cortadas todas sus comunicaciones con los revolucionarios, que se batían en el resto de Madrid.
El general Serrano había salvado al Gobierno y decidido la victoria con un rasgo de temerario valor. La actitud de la infantería acuartelada en la Montaña, junto al cuartel de San Gil, era enigmática para el Gobierno, y para convencerse de su fidelidad, o, en caso contrario, decidir a los batallones en favor de la reina, Serrano salió de Madrid, dió un rodeo, hasta encontrarse frente al cuartel de la Montaña, y subiendo con gran trabajo por una pendiente casi vertical, se introdujo en el edificio, siendo recibido por los Cuerpos con vivas al Gobierno.
Esta hazaña fué la señal de derrota para los sublevados de San Gil, que se vieron atacados por el frente por las tropas que mandaba Zabala, teniendo a la espalda a Serrano, con toda la infantería del inmediato cuartel.
Aquellos insurrectos, cogidos entre dos fuegos, despreciaron todas las intimaciones que se les hicieron, y supieron resistirse y perecer con esa sublime tenacidad que desarrolla el soldado español cuando se ve frente a frente con la muerte.