Reinaba en la plaza la misma animación que en la cubierta de un buque cuando está próxima la tempestad, sólo que allí cada uno se movía por impulso propio, y eran muy pocos los que obedecían las órdenes de los jefes revolucionarios.
Entre los hombres que en revuelto grupo habían asaltado la barricada, anunciando la proximidad de las tropas, llamó la atención un caballero de arrogante figura, al que saludaron con afectuosidad los más caracterizados de los insurrectos.
Los defensores de la plaza de Antón Martín tenían; por principales jefes a don Nicolás María Rivero y al abogado valenciano don José Cristóbal Sorní, hombres importantes del partido democrático y políticos de acción, que, revólver en mano, iban rectamente al peligro, para poner en práctica lo que mil veces habían predicado en el Club.
Bastó que los dos y algunos otros revolucionarios de prestigio, cambiasen un apretón de manos con el recién llegado, para que al momento todos los insurrectos lo calificasen de personaje de importancia, y se mostrasen dispuestos a obedecerle.
Era Esteban Alvarez, que seguido de su asistente, estaba desde las primeras horas de la mañana en los puntos de mayor peligros dando muestras del más temerario valor, y librándose milagrosamente de la muerte.
Había estado con otros oficiales expulsados del Ejército por conspiradores, aguardando al amanecer la orden del Comité revolucionario, para ir a los cuarteles de Infantería a sacar las fuerzas; y cuando, en vista de la fatal tardanza, se decidió a no esperar más, trasladándose a los puntos indicados, encontróse con que los jefes afectos al Gobierno habían sido más activos, llegando antes que él.
Desesperado por el mal sesgo que tomaba el movimiento, había intentado llegar al cuartel de San Gil para ponerse al frente de la Artillería y organizar la defensa; pero era tarde ya también, pues O’Donnell tenía bloqueado el edificio, y al fin el conspirador hubo de resignarse a batirse como un simple soldado, pues en las barricadas reinaba tal confusión que nadie obedecía sus indicaciones acertadas, hijas de su genio militar.
Estaba convencido del fracaso de aquella insurrección, pero ni un solo instante pensó en retirarse, y durante todo el día estuvo en los puntos de mayor peligro.
Batióse en la plaza de Santo Domingo, donde vió caer del caballo y quedar herido al general Pierrad; arrostró el fuego en la calle de Hortaleza, y estuvo próximo a quedar prisionero en la puerta de Bilbao, donde el general Contreras, con algunos centenares de paisanos y dos cañones se defendió con gran bizarría; y al fin, cuando vió vencida la insurrección en el norte de Madrid intentó pasar al sur, para unirse a los elementos democráticos, temibles y valerosos, que a las órdenes de Rivero y Sorní prolongaban aquella resistencia desesperada, expendiendo su línea de combate desde la plaza de Antón Martín a la calle de Segovia.
Era dificilísimo pasar de un extremo a otro de Madrid, y, sin embargo, lográronlo Alvarez y su asistente, después de arrostrar muchos peligros.