El centro de la capital estaba ocupado por las tropas, que impedían la circulación; pero Alvarez se dirigió al sur por la Ronda, y unas veces ocultándose al paso de una patrulla de caballería, y otras sintiendo silbar junto a su cabeza las balas que dirigían a los escasos transeúntes los pelotones de Guardia Civil posicionados en varios edificios fuertes, el militar revolucionario pudo llegar al punto donde se proponía, y después de una hora de continuos peligros, encontróse en la barricada de la plaza de Antón Martín.
El y Perico habían tirado sus armas en la última barricada que defendieron, para no hacerse sospechosos al transitar por la Ronda, y únicamente Alvarez conservaba su revólver, que llevaba escondido en el bolsillo del pantalón.
El asistente no tardó en proporcionarse un viejo fusil, y se colocó respetuosamente a corta distancia de su amo, que, subido en lo más alto de la barricada que cerraba la calle de Atocha por la parte del Prado, contemplaba la casa de Enriqueta.
A Alvarez, conmovido todavía por las terribles escenas de que había sido actor en aquella mañana, y zumbándole aún los oídos con el estruendo de la fusilería, parecíale muy extraño encontrarse sano y libre cerca de la casa habitada por la mujer querida.
Un presentimiento triste se revolvía en su interior: ¿habríase salvado de tantos peligros para venir a morir allí, a la vista de aquellos balcones, que otras veces había espiado, con la esperanza de contemplar un solo instante el rostro de Enriqueta? ¿Sería su destino agonizar sobre aquella acera, por la que tantas veces había paseado, imaginándose las más risueñas esperanzas de amor?
Negra tristeza invadía el ánimo de Alvarez, quien, sintiendo por primera vez en su vida tan extraño malestar, creyó ser víctima del miedo.
Esto le avergonzó, y como si tuviera el convencimiento de que la vista de aquella casa era lo que desvanecía todo su valor, bajó de la barricada, y confundiéndose en la plaza con los grupos revolucionarios, dijo a su asistente, que le seguía silencioso:
—Animo, Perico; aquí dispararemos el último tiro por la revolución, y ¡quién sabe sí en esta parte de Madrid seremos más afortunados que en la otra!
El pobre muchacho, que estaba de mal humor, por haberse rasgado en las barricadas un traje de verano comprado días antes, no participaba de ese esforzado optimismo.
Bien conocía él que aquello no marchaba regularmente, y que la tropa iba a zurrarles la badana, como él decía; pero, ciego observador de su deber, permanecía al lado de su amo, sin atreverse a decirle que él pensaba que, supuesto la revolución había perdido la partida, lo más prudente era ocultarse en cualquier parte, sin arrostrar nuevas aventuras.