Pero con Alvarez no valían tales razonamientos, y buena prueba de ello era el ardor con que se dedicaba a organizar la defensa de la plaza.
El fué quien, saltando fuera de la barricada, obligó a entrar en ésta a los audaces obreros que pretendían batirse a cuerpo descubierto.
El baluarte que cerraba la calle de Atocha, por la parte que conducía a la plaza Mayor, estaba erizado de cañones de fusil, que apuntaban aquella desierta vía.
Esperábase por tal parte el ataque, y reinaba en la barricada el silencio que precede siempre a las grandes catástrofes.
Aquellos patriotas armados, que tan audaces se mostraban antes, sentían en su mayoría una impresión semejante al miedo que se experimenta ante lo desconocido. La mayoría de ellos no se habían batido nunca, y empuñaban un fusil por primera vez; pero a pesar de su emoción, tenían conciencia del sublime deber que cumplían, y estaban inmóviles y firmes en sus puestos, sin pensar en retroceder, y procurando cada uno ocultar sus sentimientos, para no excitar las burlas de los compañeros.
Alvarez, con el revólver en la mano, iba de un punto a otro, para aconsejar con su larga práctica de soldado, y como un padre cariñoso cuidaba de los inexpertos, alejándolos de los puntos donde quedaban al descubierto, y colocándolos en otros, para que pudiesen hacer fuego, ocultándose a las balas enemigas.
Todos, con el fusil apuntando, miraban aquella larga y desierta calle, que, con sus casas cerradas e iluminadas por los pálidos rayos de un sol que estaba ya en el ocaso, tenía el mismo aspecto de una avenida de elegante cementerio.
El silencio que reinaba en la calle fué turbado por un rumor sordo e imponente, que resonó al extremo de ella. Nada se veía; pero Alvarez adivinó lo que era aquello.
—Atención, ciudadanos—gritó con su poderosa voz—. La tropa está tomando posiciones y va a atacarnos.
Así era. Algunas compañías ocupaban las casas de posición estratégica, desde las cuales había disparado antes la Guardia civil, y al extremo de la calle apareció la cabeza de unía columna, brillando vivamente los fusiles y los uniformes a la luz del sol.