Aquellas risueñas ilusiones sobre el porvenir, que aún aumentaba Alvarez con sus optimismos revolucionarios, contribuyeron a que Enriqueta comenzase a olvidarse de las tristes ideas que la obsesionaban momentos antes.
A los veinte años, y sintiendo un verdadero amor, se desechan con pasmosa facilidad los pensamientos fúnebres.
Enriqueta, acariciada por aquella sinfonía de amorosas ilusiones, fué entrando en un período de restablecimiento moral. Sus ojos, amortiguados por el llanto, volvían a recobrar su hermosa brillantez, y sus mejillas se teñían nuevamente de un carmín pálido.
La momentánea alegría parecía devolverle algo de su vigor, y como si con esto se diera cuenta de las necesidades de su estómago, mojaba bizcochos en el Jerez que le servía su amante.
La conversación resultaba interminable, pues los dos se enfrascaban cada vez más en embellecer su porvenir, presagiando la felicidad que les esperaba.
Así transcurrió veloz el tiempo, sin que el capitán pensara en retirarse, como lo había prometido, ni Enriqueta se lo exigiera.
Era ya la una; en la solitaria calle sólo sonaba la estridente voz de algún vecino trasnochador llamando al sereno, para que le abriera la puerta, y dentro de la casa se había extinguido ya todo ruido, pues la mayoría de los huéspedes acababan de entregarse al sueño.
Aquel silencio absoluto envolvía a los dos amantes en un misterio que les complacía, por dar a sus palabras cierto tono de solemnidad.
Enriqueta, después de las continuas crisis de dolor que había sufrido en pocas horas, se encontraba ahora decaída, y cierta plácida languidez se posesionaba de todo su cuerpo.
Tenía los ojos abiertos y el rostro animado, pero las impresiones sufridas en aquel día dormitaban ya; sentía su cerebro embargado por un dulce sopor, y, a través de un velo de color de rosa, veía a su amante, que seguía hablando con creciente apasionamiento.