El amor, la hora y aquel misterioso silencio que les rodeaba, contribuía a que la joven fuese perdiendo lentamente su dolorosa preocupación y olvidase qué serie de terribles acontecimientos la había arrastrado hasta aquel lugar.

Ella misma era la que, soñolienta, inconsciente y sin preocuparse de lo que hacía, había apoyado un brazo en los hombros de Alvarez, e inclinaba hacia él su encantadora cabeza, como atraída por el brillo viril de sus ojos, y deseosa de oír sus palabras de más cerca.

Aquella situación iba tomando el aspecto de una noche de bodas, y ya no parecía la tranquila conversación de dos amantes a los que separaban recientes tristezas y un juramento de respeto.

Esteban, agitado por el contacto del brazo robusto y tibio, cuya satinada piel se notaba a través de la ropa, y embriagado por aquella atmósfera de sana y atrayente belleza que envolvía a su amada, sentía desvanecerse la fuerza de voluntad que poco antes poseía, y como un niño, poco a poco, sin que se aperciba la madre, va acercándose a la golosina que acaricia, iba lentamente, y sin cesar de hablar, llevando a sus labios aquella mano pequeña y suave, que al fin rozó con ligeros besos.

Enriqueta sonreía. Aquello la parecía natural. ¡Besos en las manos! Esto era lo mismo que ocurría en aquella novela de Joaquinito Quirós, que, por tener un epílogo moral, y ser el autor amigo de la casa, era el único libro profano que le dejaba leer la baronesa de Carrillo.

La joven no hizo la menor resistencia, antes al contrario, sintióse halagada por el homenaje, y se creyó toda una heroína de novela, al estilo de aquella Eulalia que, ojerosa, pálida y siempre vestida de blanco, ejercía de protagonista en el soporífero libro de Quirós.

Aquel silencioso consentimiento de la joven, y su languidez marcada, excitaron la pasión de Alvarez, que se mostró cada vez más audaz.

¡Adiós tristes ideas y formal juramento de respeto! El fuego de la juventud, el ardor de los cuerpos exuberantes de vida derrite las más firmes promesas.

Enriqueta no supo cómo fué aquello, pero despertó de aquel ensueño de amor que la acariciaba despierta, al sentir en sus labios una impresión ardiente.

Esteban la estrechaba entre sus brazos; Esteban la besaba en la boca con interminable frenesí.