A pesar de los cuidados con que éstos se ocultaban tras las desigualdades de la cresta de la barricada, las bajas eran ya muchas a los pocos momentos del combate, pues aquel aguacero de plomo se introducía por todas partes, y las balas lo mismo rozaban el dentellado borde del baluarte, que penetraban por todas las rendijas y claros que los revolucionarios utilizaban como aspilleras.

Alvarez, que tan cuidadoso se mostraba por la vida de sus compañeros, procurando ponerlos a cubierto del fuego enemigo, se olvidaba de su propia existencia, y, atento a los movimientos del enemigo, estaba en el punto más elevado de la barricada, exponiéndose a ser blanco de algún certero tirador.

—Pero, mi capitán—decía con acento angustiado su fiel asistente, que hacía fuego al lado de él—. Baje usted de ahí; ocúltese, si no, es muerto.

—¡Bah!—contestaba con desprecio Alvarez, que tenía las supersticiones propias de los soldados—. Si allá abajo está en alguna cartuchera la bala que ha de matarme, lo mismo me alcanzará ocultándome que estando al descubierto.

El capitán, al hablar así miraba en derredor, y el espectáculo no podía ser más horrible.

En el centro de la plaza, tendido de espaldas, y con los brazos en cruz, desabrochada la levita y el sombrero de copa caído a alguna distancia, estaba el cadáver de un jovencillo melenudo, con bigote y perilla. Sobre el pecho tenía una gran mancha de sangre. Tal vez era el mismo que aquella mañana había visto pasar Enriqueta al frente del primer grupo revolucionario. Lo más probable es que a aquellas horas, una madre, allá, en una alejada provincia, pensase con fruición en el hijo que tenía en Madrid, escribiendo en los papeles públicos y en camino de convertirse en un grande hombre, y que una señorita de aldea releyese las cartas, ilustradas con versos, que de vez en cuando le enviaba el futuro personaje.

A los pies de Alvarez, un viejo obrero había caído con la boca deshecha de un balazo, cuando apuntaba su fusil tras la estrecha aspillera, y un chicuelo con blusa fresco y sonrosado como una muchacha, se revolvía en el suelo, agarrándose el vientre con ambas manos, y dejando tras sí un reguero de sangre.

Pero eran pocos los que tales horrores veían. Los más hacían fuego como autómatas, y cediendo a una interna e imperiosa necesidad de expansión, gritaban como unos condenados, acompañando cada disparo con vivas a Prim y a la Libertad, y maldiciendo a la p... de la reina.

En medio de aquella confusión, cuando en la barricada estaba en su período álgido la rabia popular, fué cuando Alvarez gritó con voz de trueno:

—¡Atención! Van a atacarnos a la bayoneta. No hagáis fuego. Esperad a que estén cerca.