Fuese instintiva obediencia de los insurrectos, o prontitud de los jefes revolucionarios en imponer esta orden, lo cierto es que la barricada cesó de disparan, quedando muda y silenciosa bajo aquel torbellino de plomo que los sitiadores la enviaban con mayor furia.

Al amparo de este fuego, dos columnas avanzaban por ambas aceras a todo correr, con las bayonetas bajas, como toros que al embestir humillan sus terribles cuernos, mientras que por el centro de la ancha vía, una batería que acababa de ser emplazada, enviaba algunos proyectiles.

Alvarez era el único que, despreciando el fuego, y asomando su cabeza por encima de la barricada, espiaba en conjunto aquel avance, al mismo tiempo que hablaba a los compañeros que tenía abajo:

—No disparéis hasta que yo os lo diga. Conviene dejarlos que se acerquen.

Y cuando las cabezas de las dos columnas estaban a unos cincuenta pasos de la barricada, y los jefes, agitando sus sables, daban ya la voz de asalto, Alvafez gritó con energía:

—¡Fuego!—y disparó su revólver, apuntando al coronel, que, con la espada desnuda, iba al frente de los asaltantes.

Vomitó la barricada toda la ira y la muerte que había estado conteniendo durante algunos minutos, y el efecto fué terrible.

Cuando se hubo extinguido el último eco del horroroso trueno, y se disipó la nube de humo, vieron los insurrectos muchos soldados tendidos sobre las aceras, y a las dos columnas que revueltas y confusas, retrocedían hasta el extremo de la calle, donde se detenían, para hacer nuevamente un fuego graneado contra la barricada.

Los trabucos de que se servían algunos insurrectos, y que hasta entonces, en el fuego a regular distancia sólo había servido para aumentar el estruendo, eran los que más daño causaron a los asaltantes, disparando sobre ellos a boca de jarra su terrible metralla.

Después de este asalto frustrado, las tropas cesaron en sus hostilidades, y hasta los destacamentos que ocupaban las lejanas casas, y que apoyaban con su fuego a los asaltantes, continuaron el tiroteo muy débilmente.