Algunos insurrectos entusiastas, llevados de su inexperiencia, creíanse ya vencedores y hablaban de salir en persecución de las tropas que, indudablemente, se retiraban.

Alvarez sonreía ante tanta candidez.

—No os hagáis ilusiones y preparaos, que ahora viene lo bueno—decía a todos aquellos entusiastas, que, admirados de su sereno valor, le miraban con respeto—. Yo me engaño pocas veces en asuntos de esta clase, y tengo la seguridad de que si han cesado de hacer fuego, es porque se preparan a atacarnos por varios puntos a la vez.

Y Alvarez, a quien todos obedecían, colocó una parte de los defensores en la barricada que cerraba la entrada de la calle del León, donde hasta entonces sólo habían estado dos centinelas.

Ya no alumbraba el sol, y comenzaba uno de esos lentos y claros crepúsculos del verano.

Alvarez, seguido de Perico, se trasladó a la tercera barricada, que era la que cerraba la calle de Atocha por la parte del Prado, y que, por ser la más grande y tener los sublevados escasos materiales para su construcción, resultaba la más difícil de defender.

El capitán, teniendo al lado a su asistente, exploraba con la vista aquel hermoso trozo de calle, con sus edificios cerrados y sus dos filas de árboles con las ramas desgajadas por las balas perdidas que hasta ellos habían llegado.

Algunas casas de aquella parte, a pesar de que aún no había llegado hasta allí el combate, tenían en sus puertas y persianas visibles huellas del fuego enemigo; pero el palacio de Enriqueta, desviado un poco del otro lado de la calle, no había sufrido ningún desperfecto.

Esto alegraba a Alvarez, para el cual el choque de una bala en aquellas paredes, tras las cuales se ocultaba el ser querido, hubiera sido tan sensible como si la hubiera recibido él mismo.

Para aquel hombre, calenturiento por la lucha, agitado por las terribles escenas de las que había sido actor, y que surtía desordenadas por las circunstancias sus facultades mentales, el vasto y aristocrático edificio, cerrado y silencioso, era como la imagen, de Enriqueta, que, muda y melancólica, estaba allí para recibirle en sus brazos, si moría.