Un hombre vino a turbar la soledad que reinaba en la calle.
Era un caballero obeso, que caminaba pegado a la pared, por la acera de enfrente a la casa de Enriqueta, y que, al llegar ante el aristocrático edificio, miró con terror a la barricada, y, por fin, como quien cede a una fuerza superior, atravesó a saltos la calle, yendo a llamar en la gran puerta, con repetidos golpes de aldabón, al mismo tiempo que gritaba algunas palabras y daba patadas en el postigo, para decidir a los de dentro a que abriesen.
Alvarez y su asistente se miraron con sorpresa, y en sus ojos leyóse el mismo pensamiento.
Habían conocido a aquel hombre que tan angustiosamente llamaba: era Quirós.
XII
El último día de Quirós
Después de cenar, a la salida del Casino, en un gabinete reservado del café de Fornos, don Joaquín Quirós acompañó a su casa a Lolita Pérez, una muchacha andaluza, algo averiada, pero muy graciosa, que durante el invierno servía de figuranta en el Real y en el verano se quedaba en Madrid o iba a San Sebastián, según la situación financiera, y en todo tiempo se dedicaba a buscar un protector, porque, según ella, a una artista le era imposible prosperar sin tener un arrimo.
Había estado de francachela con dos amigos de Quirós, acompañados también de otras prójimas de la misma clase, y disuelta la reunión a más de las tres de la madrugada, el diputado, como hombre de orden, fuese con su querida a casa, mientras que las otras dos parejas, trastornadas por el “champagne”, cantando y besuqueándose en medio de la calle de Alcalá, dirigíanse hacia el Retiro, pausadamente, para ver amanecer y tomar un vaso de leche.
La figuranta vivía en la calle de Hortaleza, en un segundo piso, ricamente amueblado a expensas de Quirós, quien dejaba tragarse a la graciosa andaluza gran parte de los fondos destinados al periódico.
Aquel aventurero a quien la obesidad había quitado algo de su antigua travesura, gustaba de ser acariciado, mimado y engañado como un pachá, por aquella odalisca de guardarropía.