El, que con tan soberano desprecio hablaba desde su asiento en el Congreso de la canalla revolucionaria; él, que conmovía a las damas católicas de la tribuna, irguiéndose con audacia sublime a la mitad de sus discursos, para desafiar las iras de la chusma masónica y avanzada, enemiga de los reyes y los sacerdotes; ahora que tenía ante sus ojos a aquel enemigo, tantas veces despreciado cuando lo veía lejos, sentíase agitado por tal miedo, que se apresuró a seguir los consejos de su querida, y cerró la ventana.
Tan importante y temible se creía, que llegó a pensar que alguno de aquellos “andrajosos” podía conocerle y caer en la tentación de subir hasta allí, para degollarlo a él y a su Lolita, y hacer morcillas con su sangre. Todo podía, esperarse de gentes sin religión y sin moral.
Temblando de miedo volvió a meterse en la cama, y, oprimido por los brazos de la andaluza, y sudando con el calor y la angustia, pensó en aquel suceso, cuya importancia se agrandaba en su imaginación.
La presencia de aquellos artilleros entre los sublevados, hacíale creer que toda la guarnición de Madrid se había adherido al movimiento, y al imaginarse la posibilidad de que la revolución triunfase, el diputado ultramontano estremecíase de horror, viendo ya a las turbas sin freno armadas de latas de petróleo, y a él buscando un medio para escapar y refugiarse en el extranjero, como si fuese un terrible personaje sobre el que iban a descargar las cóleras populares.
Transcurrió una media hora, que a Quirós le pareció un siglo, entregado, como estaba, a tan terroríficos pensamientos, y, de pronto, retumbó la calle con una horrorosa descarga, que hizo temblar al diputado y prorrumpir a la andaluza en una serie interminable de invocaciones a todas las vírgenes conocidas.
Comenzaba el ataque de las barricadas, y ninguno de los dos se atrevía a moverse de la cama, como si temiesen que una bala llegase y tuvieran a la sábana que los cubría como un blindaje impenetrable.
Estrechamente abrazados, con las cabezas escondidas bajo las almohadas y temblando a cada descarga, pasaron las dos largas horas de la mañana, que en aquella parte de Madrid fueron de continua lucha.
A medio día cesó el combate; los insurrectos se desbandaron y las tropas del Gobierno ocuparon las barricadas de aquel distrito.
Quirós, a pesar del pavor que le dominaba, comprendió lo que ocurría, y cuando, después de vestirse y de tomar grandes precauciones, se asomó tímidamente a la ventana, respiró ruidosamente al ver en la calle los rojos pantalones de la Infantería.
Se había salvado la causa del orden, la revolución estaba agonizante y el diputado se sintió convertido en otro hombre.